Los radicales islámicos serán unos indocumentados, pero utilizan la propaganda mejor que Goebbels. Han convertido un secuestro en unas vacaciones en un resort con spa, todo incluido. Así que cuando la simpar Sgrena abandonó a sus raptores en Irak, se me llenaron los ojos de lágrimas. Lo que yo buscaba para matar mi ocio vacacional en Semana Santa: un buen secuestro.
Había oído hablar de la hospitalidad árabe hasta que, un buen día, tuve oportunidad de comer un cuscús inefable en una haima beduina en el desierto de Judea. Qué fue aquello. Tanto, como un ajoarriero con langostinos en el Akelarre, pero sin vistas. Yo era, entonces, un divorciado, lamentablemente libre, viajaba distraído con mi camello y mi conciencia ociosa y ajena, aburrida de contemplar durante horas aquel océano de arena. Mis recuerdos son, por consiguiente, distantes: digamos, una armonía de los sentidos cautelosa, casi científica, y unas emociones tamizadas por la precaución que produce lo desconocido. Me faltaba ciertamente el componente sadomasoquista del secuestro. De las declaraciones de la soldado británica Turney, apresada en el Golfo, se infiere un placer inenarrable, algo así como llegar adonde aguardan las uríes del profeta y los ríos de leche y miel prometidos, pero sin abandonar este mundo de pecado, que tanto adoro.
Los captores eran para ella caballeros andantes de lanza en astillero, armadura luminosa y modales cortesanos -no como esos zafios de Bush y Blair-, y cómo hablaban y qué cosas decían de embeleso, y el trato, parecido al del Claridges londinense y el té, de Fortnum and Mason. A la italiana, recuerdo, los iraquíes le regalaron una cajita de pastelillos caseros y un Corán para que se distrajera en el viaje de vuelta. Cosa que jamás hizo conmigo Iberia. Quedé prendado.
Ambas quedaron encantadas del trato recibido, de la comida variada y la simpatía de los lugareños. Tanto, que en el caso de la británica hasta me ha hecho olvidar que era soldado. Me quedé con la mujer, con la madre, en ese momento tierno en el que confiesa que le gustaría estar con los suyos... Comprendo su desconcierto, porque no puede ser de otro modo que una patrullera iraní la apresara en un mar que en otro tiempo perteneció, como todos, al imperio británico y a los piratas, que también eran del imperio. Creí más bien que se trataba de una excursión bucólica y que la joven militar era, en realidad, una tierna pastorcilla en una embarcación de recreo.
Me he dado al sueño y estoy planeando montar una agencia de viajes que proporcione esa especie de inenarrable y placentero sometimiento. Dicen que a lo mejor juzgan a los soldados, y yo digo: para qué los van a soltar cuando son los mejores heraldos de su mundo envidiable.