Lunes, 2 de abril de 2007
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La angula les quita el sueño
La costera del preciado manjar se cierra con unas capturas inferiores a las de la temporada pasada y menos precio por kilogramo
La angula les quita el sueño
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Una motora rastrea en San Esteban

En el Ledrao, orilla derecha del río Nalón en Soto del Barco

Con una piñera de mar en la playa de San Pedro de la Ribera

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Son las dos de la mañana, llueve, el termómetro marca un grado y en la cama se está muy a gusto. Pero hay que levantarse. El río espera y a la angula «hay que asistirla todos los días. Fallas uno y seguro que ese da el 'trallazo'». Los augurios no son nada optimistas. Lo más probable es que se dé una nueva noche en blanco o, como mucho, 50 gramos que dejar en casa para unir a otros tantos y así poder entregarlos. Al precio que está, más de 500 euros, bien merece la pena, pero «de ella no vive nadie. Durante cinco meses tienes que ir todos los oscuros -noches en las que no hay luna- para sacar cuatro perras. Están muy caras, pero esto no es la panacea».

Diego Gutiérrez Lanchas es uno de los anguleros habituales este año a la orilla del río Nalón. Empezó con catorce años, como todos los chavales de Soto, La Florida, El Castillo, Foncubierta... que ahora rebasan la treintena. Le gusta el río y, aunque trabaja a turnos en Terpla, vuelve a él por la noche. Los días de oscuro, piñerada a piñerada, cuela el agua en busca de angulas. «En los primeros años iba con los amigos y..., porque así sacaba algo de dinero para mí». Era una primera puerta a la independencia. «Ahora, si vas es porque te gusta. No merece la pena dormir pocas horas, tener que trabajar, el río... No hay angulas».

Armado con un 'sedazo' o piñera se acerca al río mirando para donde tira el agua, y si está limpia como el cristal o por el contrario parece chocolate. Desde la implantación de las depuradoras en la zona de las Cuencas y con la desaparición del carbón, las aguas bajan claras. Otro handicap para la angula. Con una vara de bambú que corona un gran colador los anguleros sueñan con grandes capturas. Una piñera, un farol, que desde el ya vetusto carburo ha evolucionado al más reciente camping-gas, y ropa, mucha ropa para combatir el frío son las armas de los pescadores en las orillas de los ríos. Su única intención es frenar el avance de la angula en dirección al curso medio de los ríos donde se vuelven anguilas.

Manjar de gallinas

No hace muchos años, el hoy oro blanco servía de comida para las gallinas. En San Juan de la Arena preferían salir a la mar mientras que eran los aldeanos quienes iban al río a la angula. Salían por kilos. Lo que ocurre en la actualidad no ayuda a rememorar aquellos días.

A mareas pequeñas, lo mejor es ir a la playa. Aprovechar la subida y bajada de las olas es una opción cuando el río está como una balsa y el agua clara. «En una buena noche puedes sacar 200 ó 300 gramos, pero tienes que pasarte toda la marea dando piñeradas y sobre todo tener mucha suerte».

Diego prefiere el río. Se crió a menos de 200 metros de él. Lo conoce como la palma de su mano y ni siquiera necesita luz para saber dónde tiene que ir. Es de los que guarda silencio al ser preguntado por su ubicación el día anterior. Tampoco alardea de capturas. «Cada uno sabe dónde tiene que ir y lo que pesca. No le interesa a nadie más».

Los días de 'sonada' la zona en la que se pescó el día anterior suele contar con una abundante presencia de pescadores, pero hay un dicho que dice «día de sonada, nada». No se puede faltar ninguna noche y, así todo, depende de la zona del río y el puesto que se tenga para que sonría o no la suerte. En la desembocadura, las mareas más pequeñas suelen dejar en los calderos buenas capturas, pero también hay que tener suerte con el sorteo del coto.

De la angula no se vive. Tiene que gustar. Salir de la cama a media noche, pasar toda la marea (4 horas) colando agua y todo para cien gramos sacados angula a angula, con piñeradas en blanco e intentando mantener la paciencia. Eso sí, la noche que sale buena... «Esa vas cantando para casa». Da igual que se tarde media hora en recorrer medio kilómetro o que no se pueda con los pantalones. La sonrisa llega de oreja a oreja. Mereció la pena.

Las motoras son otra cosa. Se dedican a piñerar el río desde la desembocadura hasta que encuentran el preciado botín. Da igual que sea el medio del río que las orillas, hasta allí llegan. Desde tierra son odiadas, porque dicen que machacan todo el río y todas las especies. No es pesca selectiva. El Nalón es el único río en el que se utiliza este arte de pesca, aunque en Guipúzcoa también hay ríos, como el Deba, en el que se pueden emplear las motoras para pescar. Suelen conseguir un mayor número de capturas, pero tampoco resulta rentable. La mitad suelen estar muertas y tienen un precio menor y los costes, por el gasoil, suben.

Luego toca venderla en la rula, cocerla -merma un 23% aproximadamente- y a la mesa. Al ajillo, en tortilla..., da igual, la angula es un manjar y el que diga que es lo mismo comer gula «no sabe de qué habla». Su sabor quita el sueño. Las motoras rastrean el río Nalón en busca de la angula. Dos piñeras rectangulares de algo más de un metro a cada lado de la motora y a ras de agua van colando las aguas. Comienzan a rastrear en la boca la barra, en San Esteban de Pravia, y van subiendo hasta alcanzar su objetivo. Encontrar un sitio con escalones naturales a la orilla del río es muy importante para tener fortuna. Unas hierbas por las que se metan las angulas y que el río esté oscuro, marrón. La piñera se pasa rozando la tierras en dirección a la desembocadura con un farol iluminando la zona. Para pescar angula en la playa hay que ir siempre a favor de corriente y aprovechar el flujo y reflujo, la ida y venida de las olas y sobre todo estar cerca de un río. Según llega la ola a tierra, hay que posar la piñera en la arena con poco más de medio metro de agua y una vez que te rebasa la ola hay que darse la vuelta y repetir la acción esperando el regreso de la ola para completar la piñerada.

 
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