Lunes, 2 de abril de 2007
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A toda marcha
Los visitantes de la Ciudad de la Cultura aprecian falta de organización en las jornadas de puertas abiertas
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COLA. Cientos de personas aguardaban a la puerta de la Laboral a que se les permitiera el acceso, poco antes de las 19.30 horas. / BILBAO
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Era imposible de controlar. Cientos de personas haciendo una sola cola que alcanzaba desde la puerta de la Laboral hasta las inmediaciones del tanatorio entraron pasadas las siete y media de la tarde a un patio corintio de más de 200 metros de ancho carente de delimitadores de espacio y sin más indicación que una voz que dirigía a quienes hubieran formalizado la reserva a la mesa de la derecha y a quienes no lo hubieran hecho, a la de la izquierda. Pero eso lo escucharon solamente los primeros afortunados y en pocos instantes se entremezclaron unos y otros en el patio central de la Laboral en grupos que comenzaron siendo de 50 personas y acabaron con un número indeterminado de componentes, a base de visitantes registrados, libres, los que se perdían en el trayecto y hasta los que cambiaban de compañeros de recorrido en cualquiera de las dependencias en las que llegaban a coincidir hasta tres grupos distintos.

En tales condiciones, la velocidad de la visita guiada resultaba frenética, si bien los participantes bromeaban sobre la emulación de la Fórmula 1, especialmente los padres que intentaban dirigir los cochecitos de sus hijos más pequeños. De ahí que las opiniones que se escuchaban en el transcurso de la segunda jornada de puertas abiertas de la Ciudad de la Cultura coincidieran en el caos organizativo, aunque aderezado con un sentimiento de comprensión. «Si la entrada costara dos euros, seguro que no hubiera habido problemas», justificó Mario Fernández, antiguo alumno gijonés de la Laboral, que hacía de cicerone para Inés María Rodríguez, quien contemplaba impresionada un recinto en el que nunca había entrado. «Lo que más me gustó fue el patio, pero creo que deberían de proporcionar un micrófono a los guías, porque con el barullo no se les oye nada», explica, mientras curiosea más allá del recorrido oficial.

También José Manuel Touriñán y Eloy López Castaño fueron antiguos alumnos de la Laboral y coinciden en destacar la transformación de los talleres. «Están muy cambiados, pero el Centro de Arte me alucinó», señaló López Castaño, que vino desde Oviedo para comparar recuerdos.

Los más críticos fueron José Luis Santos y Leandra Núñez, de Avilés, quienes alabaron el «imponente edificio», pero censuraron la organización. «Por las escaleras de FP parecíamos estar en el metro de Madrid», afirmaron, en la misma línea que José Beites, quien arremete contra el caos de la entrada y el de las visitas, el tono de los guías y «la falta de previsión y rapidez por abrir unas instalaciones por terminar. Quizá pueda ser por la cercanía de las elecciones». JOSÉ LUIS SANTOS

ELOY LÓPEZ CASTAÑO

INÉS MARÍA RODRÍGUEZ

 
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