VIVIMOS en una sociedad abonada a la queja. Son, muchas veces, no digo yo que no, justificadas y del todo razonables. Sin embargo, en otras adquieren tintes de auténtico tic personal, o sea, de manera de protesta automática ante la más mínima perturbación en nuestra vida. Hace poco leía cómo una señora ponía en alerta los servicios de urgencia. Atropelladamente, insistía en que en su edificio había un olor insoportable. Lógicamente, lo primero que preguntaron fue si se trataba de gas, combustible o algún material que pudiera dar lugar a explosiones. Pero dijo que no: era a coliflor. Pues bien, el caso anterior ilustra otros ejemplos no tan exagerados que sufrimos en nuestra vida diaria. ¿Quién no ha visto acaso a alguien ofendido por unas obras cuando éstas cumplen todos los requisitos legales? ¿Quién no ha observado una protesta porque un niño no para quieto? ¿Quién no ha soportado mosqueos por un empujón involuntario en una cola? Y es que los «quejones profesionales» van ganando terreno a marchas forzadas. Así, se multiplican los organismos oficiales que recogen sus particulares lamentos, dándoles, por supuesto, categoría de ofensa grave. Seguramente, si se publicaran todas las cosas que son objeto de reclamación, quedaríamos cuando menos estupefactos. No me extraña, pues, que los abogados se froten las manos ante tanta queja superflua, vana y sinsentido por las cuales, claro está, acaban tarifando. Pero, para que vean por qué digo todo esto, permítanme que les cuente el viaje que tuve que sufrir con el capitán 'Mingatriste' (así lo bauticé para regocijo de toda la excursión) por el Medio Oriente.
Lo primero que nos puso sobre la pista de nuestro particular personaje fue cómo se tomaba el viaje. Mientras todos estábamos a la hora acordada en el punto de reunión para comenzar las visitas, él seguía durmiendo a pierna suelta, puesto que, según nos aseguraba, los madrugones eran insoportables. Pese a que nuestro guía tenía más paciencia que Saladino asediando castillos cruzados, llegó un día en que tomó la determinación de marcharse sin 'Mingatriste', lo cual, como no podía ser de otra manera, le ofendió sin igual. Cuando íbamos a visitar alguna que otra reliquia o monumento, teníamos que escuchar por detrás cosas como: «Pero si son sólo piedras». O bien: «Eso fue en 1215 en vez de 1216». O bien: «Ya podían poner algo para que no se nos manchen los zapatos». Y, hombre, como comprenderán, a todos nos resultaba molesto que el capitán hiciera de las suyas, puesto que, a cada paso que dábamos, él se quejaba más y más hasta hacer surgir la pregunta colectiva de por qué no habría elegido otro tipo destino, como, no sé, un hotel de lujo en las islas Caimán (por cierto, le hubieran echado a patadas en su tercera noche).
Pero el momento cumbre del capitán 'Mingatriste' llegó cuando visitamos el desierto. Poco antes, a quienes soportaban sus peroratas, les había dado la tabarra por la calidad del desayuno, por haber tenido una noche fatal debido a la dureza infame de la cama, por... Al llegar a la inmensidad desértica, nuestro particular personaje comenzó a resoplar. Eran tan grandes sus soplidos que a poco más crea una tormenta de arena y, como ya nos conocíamos la cantinela, esperábamos de un momento a otro una 'patada' marca de la casa. Ésta se produjo cuando, bañado en sudor, le dijo al guía: «Oiga, ¿cómo hace tanto calor en el desierto?». Por lo que todo el mundo no pudo aguantarse y hasta los mismísimos camellos comenzaron a bramar ante la auténtica gilipollez que tuvieron que escuchar.
En fin, al finalizar el viaje, muchos nos intercambiamos las direcciones para seguir manteniendo contacto, pero al pobre 'Mingatriste' se le veía por ahí solo con sus maletas en un rincón del aeropuerto. Vaya.