HACE ya algún tiempo que no utilizo este espacio que amablemente me ceden los medios de comunicación siempre que quiero manifestarme públicamente. Si no lo hice antes fue porque nada nuevo podía aportar a lo ya dicho sobre el Ateneo Jovellanos, que es el tema que centra mis actuaciones públicas. Y también, porque todos mis esfuerzos se dirigían en pro de unas negociaciones que, hasta esta semana, eran totalmente baldías. Hoy, ya más tranquilo, me permito asomarme a esta ventana informativa, no para pedir -que es lo que venía haciendo en los últimos tiempos- sino para agradecer y festejar una solución que, si en este momento no nos permitirá hacer mucho más que lo que venimos haciendo, sí asegura la continuidad de la Institución y augura un futuro prometedor.
Siempre nos resultó muy difícil creer que nuestras fuerzas vivas no estuviesen dispuestas a salvar esta institución cultural ubicada en el centro de Gijón desde hace 54 años; avalada, además de por su permanencia en tiempos difíciles, por un centenar de conferencias anuales de toda índole, por certámenes de poesía, pintura, novela corta, investigación histórica, premios para los jóvenes, etcétera. He de decir que en más de una ocasión padecí la intranquilidad que produce el desaliento, al sentirme incapaz de demostrar que el Ateneo Jovellanos, del que me siento un mero representante, es una institución libre, en el más amplio sentido de la palabra. Y ser libre no significa no tener opinión que hasta eso he tenido que escuchar: Son peligrosos quienes no tienen opinión, me dijeron en una ocasión en la que trataba de explicar que las ideologías no eran ningún impedimento para ocupar nuestra tribuna, abierta -como procede en democracia- a toda persona cuya aportación cultural, social o política beneficie a la sociedad. He de decir que aquella frase caló hondo en mí, en ese momento fui consciente de que no transmitía -así lo corroboraba lo que se deducía de tan hiriente frase- lo que quería. Y lo que quería decir entonces y repito ahora es, ni más ni menos, que los ateneos -y no me refiero sólo el Jovellanos- son instituciones libres que no deben de adscribirse a ninguna ideología como focos de cultura -que es lo que son-; lo que no es óbice para que las personas que lo componen tengan -tengamos- nuestra propia definición política. La pluralidad de ideas, la libertad de manifestarlas libremente y el respeto hacia las del contrario son máximas que nunca debe de perder de vista una sociedad que no quiera quedar estancada. No podemos, no debemos, girar permanentemente sobre nuestras propias ideas: es demasiado arriesgado, cualesquiera que éstas sean. Y así lo entendimos y manifestamos siempre. Por el hecho de haber nacido en la década de los 50, fuimos tildados de sectarios por quienes no conocen bien nuestra trayectoria. La Historia está ahí: en las actas de la Institución, en la prensa diaria, en algunos socios que aún recuerdan haber acudido a asambleas prohibidas celebradas en nuestra sede, a obras de teatro -también prohibidas- representadas en el salón de actos del Ateneo Jovellanos. La democracia, por fortuna para quienes la disfrutamos, es el campo por excelencia de la Libertad y los ateneos han de ser esa tierra fértil en la que germinen los valores superiores del ser humano. Acotar ideológicamente el pensamiento no nos ayuda a crecer. Lo haremos si compartimos conocimientos, si estamos adecuadamente informados, si respetamos para ser respetados. Y eso es lo único que queremos que se comprenda bien y que cada cual, individualmente, milite donde crea más conveniente. El Ateneo Jovellanos, a quien represento, desea hacerlo en la pluralidad de opinión que nos brinda la democracia, en las libertades que garantiza nuestra Constitución y en el camino que nos conduzca a un crecimiento humanista y a un bienestar social garantizado por una política adecuada, ejercida por quienes ostenten el poder en cada momento, según los deseos de los ciudadanos.
Y dicho lo anterior, ya no queda más que celebrar que el problema de nuestros locales ha quedado zanjado. Eso esperamos.