ESPAÑA tiene la gran fortuna de tener como su más alta representación a los Reyes don Juan Carlos y doña Sofía. En España se dice que los Reyes son dentro la cabeza del Estado y fuera, sus mejores embajadores. Pero quisiera decir, no queriendo faltar al protocolo y con todo cariño, que los Reyes son a la vez soberanos y personas.
Los españoles hemos visto reír y disfrutar a la Reina en lo público y en lo privado, y en ambas esferas la hemos visto también llorar, especialmente en circunstancias luctuosas, como fallecimientos, actos terroristas, catástrofes... compartiendo sentimiento y dolor con quienes más de cerca los sufrían.
En muchas de sus visitas a centros y proyectos de la Asociación Mensajeros de la Paz en España hemos tenido, además, el honor de conocer, por ejemplo, su finísima sensibilidad cuando se interesaba por los trabajos de los discapacitados psíquicos en los talleres, la dulzura de sus manos acariciando a los ancianos en nuestras residencias o la bondad de su corazón cuando besaba a los niños enfermos de sida o en esas tardes en las que compartía con ellos juegos y merienda en alguna de nuestras casas. No es casual, por tanto, que en El Salvador el hogar para niños huérfanos con VIH, que Mensajeros de la Paz creó hace unos años en San Martín, lleve su nombre.
No es casual tampoco que doña Sofía haya querido acompañar estos días a don Juan Carlos en su visita a la República de El Salvador. No es la primera vez que viene, ni su realidad le es ajena. Ahora visitará, entre sonrisas y aplausos, centros sociales, cortará cintas, recibirá flores... Pero la Reina de España también ha estado presente en El Salvador en sus momentos más difíciles, como esos terribles comienzos del año 2001, cuando aterrizó en el país, a las pocas horas de que la tierra se estremeciera, para compartir la desgracia de los salvadoreños que lo habían perdido todo, para decirles que no estaban solos, que el mundo estaba con ellos y, en especial, los españoles, su Gobierno y sus Reyes.
Los que estuvimos entonces con ella recordaremos siempre su expresión de preocupación cuando paseaba por el albergue provisional de El Cafetalón, en las cercanías de Santa Tecla, y cómo apretaba las manos de los damnificados del terremoto para expresarles los sentimientos de solidaridad que las palabras no alcanzan. Tantas familias que sólo poseían el refugio de las tiendas de campaña allí instaladas, tuvieron también el apoyo de doña Sofía. No escatimó palabras de ánimo y cariño para todos, hasta para los cooperantes de Mensajeros de la Paz que trabajaban allí. Recuerdo que les preguntaba si estaban bien, si necesitaban algo, si pasaban miedo cuando la tierra volvía a temblar.
Tampoco olvidaremos cuando visitó el pueblín de Tepecoyo. Había sufrido grandes daños, pero sus vecinos quisieron adornarlo con lo que tenían: llenaron las ventanas de macetas de geranios y las calles con tiras de papel de todos los colores. Mientras llegaba la Reina, me paré a hablar con unas ancianitas sentadas a las puertas de su humildísima casa. Elogié sus flores: «Es que viene nuestra Reina, porque no es sólo de ustedes, los españoles, también lo es nuestra», me contestaron. La Reina prometió su ayuda a Tepecoyo, una ayuda regia, pero también real. Pocos meses después, muchas familias del municipio tomaban posesión de sus nuevas casas construidas gracias a la ayuda de la Cooperación Española y la solidaridad del pueblo español.
Mensajeros de la Paz tuvo la gran satisfacción de levantar viviendas para 48 familias en Tepecoyo y otras tantas en San Vicente. Poco después, vinieron nuevos proyectos de rehabilitación de centros infantiles del ISNA, la instalación definitiva de Mensajeros de la Paz en El Salvador, y la creación de hogares para niños discapacitados o con graves enfermedades, residencias de ancianos y otros proyectos sociales, siempre contando con la ayuda económica y solidaria de los españoles y su Gobierno y con el trabajo y sensibilidad de muchos salvadoreños buenos. Estoy convencido de que detrás de gran parte de la importante ayuda que España ha dedicado en estos últimos años al desarrollo y reconstrucción de El Salvador está la figura de nuestra Reina, de su empeño, de su compromiso entonces realizado y cumplido con creces.
Doña Sofía es reina de España, pero también reina en el corazón de millones de hispanos en todo el mundo; doña Sofía es madre de sus hijos, pero también madre de millones de hombres y mujeres que piensan, aman, trabajan y luchan por salir adelante en español. Pero, sobre todo, es madre de los más débiles, de los más vulnerables, de los desvalidos. Porque madre es quien con maternal amor comparte el dolor de los que sufren y se esfuerza para solucionar sus problemas, porque madre es quien con orgullo ve el progreso de los suyos. Por eso, y aún en la distancia, porque otras obligaciones me impiden estar estos días en El Salvador, escribo estas líneas en nombre de tantos niños, hombres y mujeres que no pueden o no saben hacerlo, tomando la voz de los desheredados, a los que tantas veces no se les escucha y, en especial, la de Josué, un niño salvadoreño de tres años que desde hace algunos meses se está sometiendo en Madrid a un largo proceso de cirugía que reducirá las terribles secuelas de las quemaduras que sufrió cuando sólo tenía unos pocos días y que hace apenas un mes fue bendecido y recibido en audiencia, junto con otros niños beneficiarios de proyectos de Mensajeros de la Paz de todo el mundo, por el Papa Benedicto XVI.
En nombre de todos ellos, permítanme decirle a Su Majestad la Reina de España, y en estos días Reina también de los Salvadoreños, gracias, Señora.