FRENTE al inmovilismo, el pensamiento liberal-conservador dice que un Estado sin los medios para algún cambio no tiene medios para su propia conservación. Popper habla de un mundo de propensiones que compiten sin resultado preestablecido, contra el mundo determinista que hace indefectible el estallido de la revolución o el regreso a la caverna, la culminación del progreso o el retorno a la Edad Media. Contra las presuntas necesidades de inevitabilidad de la historia, la inteligencia del hombre no tiene aún la partida perdida. Mientras que no hay que olvidar la imperfección moral del hombre, Popper nos dice que a pesar de todo podemos ser libres. Ahí se sitúa el umbral de una nueva cordura. Es a la vez la «tradición del orden espontáneo» que desarrolla algunas ideas centrales: la razón humana es fundamentalmente limitada; el funcionamiento de la sociedad descansa en prácticas e instituciones que no podemos comprender íntegramente pero que son altamente fecundas y eficaces.
En la era de internet y de la fibra óptica podemos reconocer de forma plena el acierto de Hayek al definir el capitalismo como una máquina de procesar información espontánea. También lo llamaba «sistema de telecomunicaciones». Ciertamente, el sistema requería un marco legal, un marco de valores éticos que garantizan y explican la naturaleza evolutiva del capitalismo. A derecha e izquierda, todos andan en busca de nuevas ideas, aunque a veces caen en la tentación de limitarse a retóricas de seducción, sin ningún poder transformador, solo manipulador. Después de etapas contradictorias en su pensamiento económico, ahora parece que las reformas económicas de gobiernos del centro-derecha se insertan en la fase de recuperación liberal. Quizás debieran estudiar los clásicos del liberalismo aquellos políticos que todavía pretenden ordenar los componentes de la sociedad con la misma facilidad con que ordenan las piezas del ajedrez: ignoran el hecho de que mientras en el ajedrez las piezas tienen su movimiento, en el tablero de las sociedades humanas cada pieza -escribió un viejo liberal- tiene su propio principio motor, completamente distinto del que los legisladores pudieran desear darle. Ahora, en el mundo globalizado, el concubinato espontáneo entre la desregulación -en telecomunicaciones, por ejemplo- y la inventiva tecnológica de vértigo va a constituirse en uno de los matrimonios legales más fértiles del nuevo siglo. No es de menor importancia, para la futura evolución de la cultura de la derecha el alto grado de secularización de la sociedad española. Entre otras cosas, porque el catolicismo tuvo siempre presencia en el pensamiento de nuestra derecha, e incluso fue valor central de algunas manifestaciones de la derecha. Entre la fidelidad y el desarraigo, los nuevos sistemas de valores quizás se definan más por la permanencia que por la armonía, en busca de un clasicismo que se articule como nexo entre el pluralismo político y el libre mercado. En ese nuevo estadio de adaptación constante, el capitalismo recupera de forma casi cristalina el poder de las ideas como primer vigor de su origen y su desarrollo.
Gilder razona que tanto en tecnología, economía y política de las naciones, la riqueza en forma de recursos físicos y materiales declina en valor y significado porque el verdadero capital de la actual economía capitalista -la electrónica, la revolución cuántica- no es material sino moral e intelectual. Ese carácter inmaterial de la riqueza transforma los modos de producción y recompensa a quienes eliminan trabas para la creatividad humana. El 'chip' diminuto y su poderío siempre creciente alcanzan presencia orgánica como símbolo de una victoria sobre la materia. Por decirlo de alguna manera, hoy más que nunca estamos cotizando ideas en Bolsa. Por eso Gilder insiste en que en el presente la riqueza no consiste en cosas sino en pensamientos. Es algo que la derecha puede asumir para estar en buena posición a finales de esta primera década de un nuevo siglo.