EL acto que la izquierda abertzale celebró en el Bilbao Exhibition Centre (BEC), con el consentimiento otorgado por el juez Baltasar Garzón pese a que no se cumplieran plenamente los requisitos fijados en su auto de prohibición condicionada, ha venido a coincidir con la detención de una presunta célula de ETA preparada para actuar y el descubrimiento de los explosivos necesarios para cometer diversos atentados. Esta coincidencia incrementa la sospecha de que, como apuntó el jueves el consejero del Interior, Javier Balza, Batasuna juega con dos barajas. Están, de un lado, la constatación de la voluntad de ETA de continuar con su actividad criminal y, de otro, las propuestas de diálogo político que Batasuna renueva cada día. Y, como uniendo los dos extremos en un único juego al alimón, se encuentra la amenaza que el viernes puso Otegi encima de la mesa en el sentido de que, si esas propuestas no son atendidas, aquella voluntad se traducirá a la práctica. Porque no de otra manera que como una auténtica amenaza que liga ambos extremos puede entenderse la «vuelta al pasado» que el portavoz de Batasuna anunció, caso de que la nueva formación que se intenta inscribir en el registro no sea admitida en la legalidad. Quizá nunca haya quedado tan claro como en esa declaración el juego de connivencias y complementariedades que se traen entre manos ETA y Batasuna.
Como era de esperar, nadie se refirió en el acto del BEC al papel que a ETA corresponde desempeñar en este juego conjunto. Allí tocaba hablar sólo de las propuestas políticas que incumbe aportar a Batasuna. Destacó entre éstas, ya que de la nueva candidatura no estaba permitido hablar, la que la izquierda abertzale presentó hace algunas semanas en el frontón Anaitasuna de Pamplona en referencia a una autonomía conjunta entre el País Vasco y Navarra dentro del Estado español. Pernando Barrena la definió como «sensata, democrática y factible». Sorprende e irrita a Batasuna constatar que esta propuesta, como tantas otras de las que viene haciendo a raíz del atentado de Barajas, haya sido respondida por el silencio más absoluto de los demás partidos. No quiere admitir que aquel crimen marcó el límite de la tolerancia que las fuerzas democráticas estaban dispuestas a mostrar ante las dilaciones y vacilaciones que exhibió Batasuna en la conducción del proceso que debería haber llevado al final del terrorismo y que ETA frustró. Desde entonces, se ha hecho más contundente que nunca el principio de que 'primero, la paz -es decir, el abandono definitivo de la violencia- y, luego, la política'. Ésta, y no otra, habrá de ser la respuesta que el Estado de Derecho dé a los intentos de Batasuna de hacerse suceder por una organización que, sea cual sea el nombre que adopte, no pretenderá sino seguir jugando al mismo juego.