Nunca llueve a gusto de todos en Semana Santa: a unos se les mojan las túnicas y a otros se les secan los trajes de baño. Los días en los que se conmemoran los sucesos de Jerusalén son ávidamente esperados por los cofrades y por los turistas. Los hay que van a las procesiones y los que van a las playas, pero el mayor desfile se produce en las carreteras. ¿Por qué España no será más plana? Quizá para que algunos no seamos capaces de entender eso que nos han dicho de que la vida es un valle de lágrimas, pero las lluvias entusiastas y la nieve han obligado a cerrar varias carreteras y puertos de montaña, lo que ha influido notablemente en el número de viajeros muertos.
Ha comenzado con veintinueve, nueve más que el año anterior por las mismas fechas, a pesar de la cautela que provoca el carné por puntos, pero la cifra total no se conocerá hasta después del Domingo de Resurrección, ya que como dijo aquel cronista de sucesos, «el número de muertos aumenta a medida que fallecen los heridos de mayor gravedad».
¿Por qué deseamos cambiar de sitio? Acaso porque no estamos a gusto en los lugares que conocemos, pero es verdad que siempre queremos cambiar algo: los más idealistas quieren cambiar el mundo y los más brutos quieren cambiar los mapas del pequeño país donde han nacido. El caso es variar de algo, menos la conducta.
¿Será cierto que los viajes proporcionan a los ociosos una sensación de actividad? A mí me gustaba partir para cualquier sitio cuando era joven, pero ahora me gusta más quedarme donde esté, o sea, donde me pongan. Eso de convertirse en una especie de mueble es algo que determinan los años.
Me acuerdo de don Pío Baroja, que nos decía que él ya no iba a ningún sitio del que no pudiera volver andando.
Quedarse en casa y escuchar la lluvia enseña mucho a condición de no hacerlo como el que oye llover.