Ratones y ratas tienen un miedo innato a los gatos. Este pánico visceral se extiende a los roedores que nunca han visto a un felino. Basta con percibir el olor de su orina para que huyan despavoridos, aunque nunca hayan tenido un encontronazo desagradable con su depredador. Ese miedo cerval lo inhibe un simple organismo unicelular llamado Toxoplasma gondii, el parásito que en el ser humano provoca las infecciones por toxoplasmosis, que tanto temen las embarazadas. Investigadores estadounidenses cuentan en la revista 'Proceedings' cómo este parásito se introduce en el cerebro con gran precisión, alcanza la amígdala y es capaz de controlar el miedo.
El hallazgo ayudará a conocer mejor cómo se generan las sensaciones de pánico y mejorar el tratamiento de las fobias humanas. En anteriores trabajos se había demostrado cómo los ratones infectados se convertían en «superratones» sin miedo a los felinos. En lugar de huir se sentían atraídos por los gatos, tanto que se convertían en su presa más fácil. De esta manera, se volvía a cerrar el círculo: el gato se comía al ratón infectado y el parásito podía saltar al gato para comenzar a reproducirse.
El nuevo estudio de la Universidad de Stanford muestra ahora cómo el cerebro de los roedores, prácticamente, se reprograma cuando es alcanzado por el parásito. «Y lo hace con una precisión, casi quirúrgica», asegura Ajai Vyas, autor del estudio. Comprobaron que el parásito de la toxoplasmosis se dirige a la amígdala, la zona del cerebro vinculada con las emociones, especialmente con el miedo y las agresiones. Aunque el parásito había inundado otras zonas del cerebro de los roedores, la densidad en la amígdala era casi del doble.
La exquisita precisión con la que actuaba, mantenía intactos otros mecanismos neurológicos para mantenerse alerta ante otros peligros. De esta manera los roedores aprendían a sobrevivir a otros riesgos, salvo el de ser comidos por los gatos. Sólo así el parásito lograba su objetivo y cuando el ratón infectado se convertía en un suculento plato, podía saltar al gato, su huésped primario y el lugar donde puede reproducirse sexualmente.
Futuras investigaciones podrán explorar cómo el parásito modifica el cerebro de esa manera tan precisa. Uno de los próximos objetivos será comprobar el efecto en la segregación de hormonas relacionadas con el estrés y la dopamina.
Con independencia de la curiosidad científica, conocer la estrategia de este parásito tan común permitirá saber si es capaz de ejercer algún control sobre las mentes humanas, además de en los ratones.
Un problema de humanos
El Toxoplasma gondii no es ajeno a la población humana. La mitad de la población mundial está infectada. Los parásitos viven en el cuerpo y en el cerebro de las personas. Su infección es la mayoría de las veces inofensiva, salvo cuando se infecta una mujer embarazada. La infección puede poner en peligro la salud del bebé si la infección se transmite al feto. Cuanto más cerca de la infección del embarazo ocurra, más graves son las consecuencias para el bebé. Entonces puede producir desde parálisis cerebral, trastornos de la visión a alteraciones neurológicas.
Otros estudios han relacionado la infección de este parásito con enfermedades psiquiátricas como la esquizofrenia y comportamientos de culpabilidad ansiosa depresiva. Se piensa que la toxoplasmosis puede dañar los astrocitos, las células que rodean y soportan a las neuronas. Las mismas células se dañan en los enfermos con esquizofrenia.