Apenas sin descanso, tras la multitudinaria procesión del Viernes Santo, los cofrades madrugaron ayer para acompañar a la Virgen de la Soledad en el viaje de regreso a su capilla, en el barrio de Cimadevilla. La procesión, conformada por un centenar de miembros de las tres hermandades gijonesas, estuvo presidida por el arzobispo de Oviedo, Carlos Osoro y el párroco de San Pedro, Javier Gómez Cuesta, acompañados por el rector de la Basílca del Sagrado Corazón, Julián Herrojo.
Acompañada por el frío de la mañana y San Juan Evangelista (o San Juanín de la Barquera, como le conocen sus devotos), la Soledad partió de la iglesia de San Pedro a las nueve en punto bajo los compases de un también solitario tambor. Los miembros de las hermandades de la Santa Misericordia, el Santo Sepulcro y la Santa Vera Cruz formaron en los jardines de Campo Valdés ante la atenta mirada de un centenar de fieles, que coincidieron en la calle con algún rezagado que volvía a casa aún embriagado por la noche gijonesa y los vendedores que montaban sus puestos en la feria de artesanía de la plaza Mayor.
Tras una lectura a cargo de uno de los nazarenos, el arzobispo dio inicio al rosario y, tras el primer misterio, la comitiva inició su camino. En cada parada de los pasos (o 'chicotá' que dirían en Andalucía), se recordaba un nuevo misterio y se le rezaba a la Virgen. Tras atravesar la plaza Mayor, con las dos imágenes ya de cara a la mar en la plaza del Marqués, se llegó al cuarto misterio y se inició la subida al histórico barrio de Cimadevilla.
Frente a la capilla de la Soledad, Osoro rogó que «con la intercesión de la Virgen, esta mañana desde Gijón, ayudes a esta Iglesia de Asturias que camina unida y nos des la salud del cuerpo y el alma». Después inició el canto de la Salve, que fue seguido por todos los presentes.
Fue entonces cuando un grupo de nazarenos comenzó la operación de devolver a la Soledad a su capilla mientras el resto de la comitiva acompañaba a San Juan Evangelista de regreso a San Pedro. «Ya está de vuelta en casa y ahí se quedará hasta setiembre», celebró uno de los cofrades una vez que la Virgen había entrado en la capilla. Será en la festividad de la Soledad cuando vuelva a la calle para que pueda ser contemplada por los vecinos.
Osoro destacó de esta procesión «el silencio, la serenidad y la reflexión con las que la Iglesia acompaña en el dolor a la Virgen, a la espera de las promesas de resurrección del Señor».
«¿Arriba con ella!»
Más multitudinaria, con las calles abarrotadas, fue la procesión del Viernes Santo. Poco después de las ocho de la tarde, fueron saliendo también de la iglesia de San Pedro las imágenes para celebrar el Santo Entierro de Cristo. «¿Arriba con ella!» animaba el capataz de la hermandad de la Santa Misericordia a sus costaleros. Entre los 16 cofrades, uno de ellos descalzo, elevaron por primera vez la imagen de la Dolorosa, que abría la procesión.
Tras el paso, las camareras de la Virgen, veinte mujeres de negro riguroso, con mantilla española y rosario en la mano, acompañaban a la madre de Jesús en tan luctuoso día. La Banda de Música de Gijón daba ceremoniosidad al discurrir lento y parsimonioso de los cofrades y su séquito.
De gris y púrpura, los hermanos de la Santa Vera Cruz -uno de ellos portando la corona de espinas que sufriera Jesucristo- acompañaban a la Piedad al pie de la Cruz, a la que abrían paso 16 miembros del Cuerpo Nacional de Policía con su traje de gala. Tras ellos, la banda de tambores de la Junta Mayor de Cofradías y Hermandades Penitenciales de Gijón.
Junto a la urna con el Cristo yacente desfilaron los hermanos del Santo Sepulcro, escoltados por siete miembros de la sección de gala de Protección Civil, que se sumaban a otros 20 voluntarios que se encargaron de apoyar a la Policía Local en la complicada tarea de dirigir el tráfico y controlar a la multitud que contemplaba el paso de la comitiva. También participó con una representación de su banda de cornetas y tambores la hermandad de Jesús Cautivo, de Oviedo.
Mientras los pétalos caían de alguna ventana, Nuestra Señora de la Soledad cerraba la procesión sobre los hombros de 18 portadores. Arropada con un manto negro y oro, pasó ante la mirada de miles de personas que, con su silencio, sólo roto por los compases de las bandas de música, acompañaban con respeto el paso del Santo Entierro. En total, cerca de 400 personas tomaban parte de la procesión, que se dio por concluida cuando las imágenes regresaron a la iglesia de San Pedro poco después de las diez y media de la noche.
Muchos fieles aprovecharon para tocar los tronos de las imágenes y, algunos, hasta derramaron alguna lágrima. Fueron días de luto y llanto que hoy se verán aliviados con la celebración del Domingo de Resurrección, en el que los pasos de la Virgen de la Alegría, San Pedro Apostol y Jesús resucitado se encontrarán en el Campo Valdés a eso de la una menos cuarto de la tarde. Después se celebrará la misa de Pascua en la iglesia de San Pedro.