EN el último paseo organizado por la Escuela Peripatética de Caleya, los filósofos caminantes mostraron su apoyo incondicional al colega vasco Fernando Savater, sobre cuya bien amueblada cabeza pende la afilada espada de los descerebrados etarras. El ecléctico Casacietes aprovechó para hacer gala una vez más de su memoria, elefantina y utilizó el hilo argumental de Savater a la hora de hablar del nacionalismo excluyente. Y la verdad es que resultaría harto dificultoso decir tamañas verdades con tan pocas y rotundas palabras:
-Del sentimiento de amor al propio terruño no se deriva forzosamente la ideología nacionalista, del mismo modo que el incesto no es una consecuencia inevitable del amor filial...
-O como decía otro destacado colega, Julián Marías, uno puede saberse perteneciente a una nación, sin ser nacionalista, lo mismo que puede tener un apéndice sin padecer apendicitis -interrumpió Fredo Kierkagar. El interrumpido continuó sin inmutarse:
-El objetivo más vociferado por los nacionalistas de toda laya es la defensa de la identidad nacional: otra engañifa. ¿Está prohibido comer paella, baila la muñeira o tocar el txistu? ¿No puede cada cual celebrar sus fiestas tradicionales o hasta inventarse tradiciones nuevas? ¿No administran las autonomías nacionalistas la cultura y la educación en sus respectivas áreas? ¿En qué consisten pues las fantasmales amenazas a esa otra fantasmada: la identidad nacional? A no ser, claro está, que los nacionalistas no traten realmente de defender esa identidad sino más bien de agredirla, recortándola. Me explico: en Euskadi, en Cataluña..., en todas partes, la identidad colectiva ciertamente existente está compuesta de tradiciones y préstamos, de cosas que nacieron allí, y de cosas que han venido de fuera, de gente con raíces familiares autóctonas, de inmigrantes y, sobre todo, de mucho mestizaje entre lo uno y lo otro...
-El caso es que nosotros no tuvimos esos problemas, dado que no somos una comunidad histórica, según se infiere de la no existencia de huellas prehistóricas, ni de la cultura castreña, ni se inició aquí la Reconquista, ni hubo Arte Asturiano o Prerrománico o Monarquía Asturiana, ni se produjo la Revolución del 34... En fin, Pilarín, para qué continuar. Digamos que sí existe una canción asturiana que llamamos asturianada, aunque también podría denominarse Asturias... nada -interrumpió y puso colofón Dalmacio el Cínico.