EL etnógrafo definidor del prototipo de bruja asturiana parecía conocer a mi suegra:
«Es vieja y hecha un garabato, con nariz corva y goteante, barba salediza con pelos encorvados, boca sumida y desdentada, fuera de un par de colmillos móviles que aún permanecía en aquel antro pestífero; ojos chiquitinos, legañosos, de esos que dicen de hornillo por estar permanentemente encarnizados y con revuelta greña como estropajo viejo, que constantemente andaba trillando las uñas, largas y anchas como peinetas».
Puede que a algún lector se le antoje una comparanza exagerada, pero eso es porque no conoce a la aludida, que es de esas tan bien retratadas en el sabio refranero popular, cual acontece en este par de dichos:
«Entre diablo y suegra, sea el diablo el que venga».
«Si tu suegra cae al río, búscala aguas arriba».
(A la mía seguro que la encontraba, ya que capaz sería de remontar la corriente como un salmón).
O en esta copla:
«Por su suegra está Simón / pasando la pena negra; / ella le dice: bribón, / borracho, pillo, ladrón / Y él sólo le grita: ¿Suegra!».
Pero mi madre política es una bruja a secas, una bidente con un diente por encía, y no una vidente maravillosa como es el caso de Sibila, la Bruja de El Natahoyo, a la que otro rendido admirador, el rapsoda y poeta Monchu el Liras, describe con piel de melocotón, ojos como rubíes, perlas por dientes, cabellos de oro , amén de otras lindezas más prosaicas: tetas turgentes, labios carnosos, ojos pícaros y una popa mollar anunciadora de delicias mil. En fin, el caso es que como la razón puede volver loco a cualquiera, conviene alejarse de ella de vez en cuando, por ejemplo, para acudir en pos del auxilio mágico de Sibila. Entre otras muchas cosas, ella es capaz de inducirnos sueños que equilibrarán los sinsabores rutinarios. Sesos de gato machacados con sangre de murciélago y envueltos en cobre rojo, o bien coral machacado con sangre de paloma y puesto dentro de un higo, lograrán, por ejemplo, que un esportinguista vea a su equipo jugar de nuevo en competiciones europeas; o que uno del Oviedo haga lo propio, siempre y cuando tome triple dosis; o, como es el caso, que uno viva en sueños muy reales un tórrido romance con la propia Sibila.
Anímense.