HA cumplido ochenta y un años Corín Tellado, la escritora asturiana más universal, pornógrafa entre comillas que, gracias al alicorto franquismo, vendía salsa rosa a granel despistando a aquellos censores huelebraguetas que pretendían llevar al cielo a todos los españoles. Al decir del Guinness, Corín es la novelista más larga del castellano, 400 títulos, 400 millones de lectores, matriarca de esa sección blanda y popular de la literatura que se encarga de forrar con seda, lacitos y almíbar al mundo, al demonio, a la carne y a los bajos instintos. A ritmo de culebrón, con el carro de la Olivetti al rojo y en menos de veinticuatro horas, Corín Socorrín era capaz de fabricar un mundo falso trufado de traiciones, te amo, mentiras, te quiero, celos, ya no, secretos, me voy, pasiones, te odio, repleto de mujeres catadas y recatadas, seré tuya, que besaban sapos a ver qué salía, adiós amor, en una especie de juego canalla, aquí me tienes de nuevo, que servía de terapia, lenitivo y de diván siquiátrico a las sufridas amas de casa, sus labores, que gracias al socorrido folletín escapaban por momentos de su cruda realidad alienante. Gracias a Corín, que era entonces a las mujeres lo que Marcial Lafuente Estefanía era a los hombres con las novelas del Oeste, con la variante de que en Corín los tiros y las pistolas eran otros y por otros órganos o tubos.
No sé si la gran escritora sigue dándole a la tecla entre sus obligatorias sesiones de diálisis, pero, si sigue, ella es la viva demostración de que quien más sabe de pájaros no es el pájaro, sino el ornitólogo que no sabe volar, que a ella no le fueron bien las cosas del corazón en su biografía, aunque lo llevase tan en silencio como se llevan las hemorroides. Que calló como había callado antes, cuando cerraba las historias de amor barato en Bruguera con una boda por todo lo alto, y no contaba que tras el cartel de 'Fin' reventaban los mil demonios de la perra vida, y el príncipe azul salía rana, tras la miel llegaba la hiel y el galán Arturito Fernández se transformaba en un cabrito con galones, ella, la Sissi soñada, en una bruja delpilfarradora y porretera, y los hijos, no los aguanto, que venga la Policía a llevarse a este mamón que no lo aguanto, los hijos no venían con un pan debajo del brazo, sino con un 'tripi', una 'papelina', un 'chute' y un saco de exigencias.
Mucho han cambiado las cosas. En el mundo Corín no había ni divorcios ni se casaba Jesús Vázquez con Boris Izaguirre, ni la sección de contactos en los anuncios de prensa estaba preñada de putas que curaban la epidemia de desamor que invade a Occidente. Antaño, en el tiempo y mundo de aquella Corín, los senos refugio adonde iban a llorar su pena los malditos aún olían a leche materna, a regazo de gallina, a madre, a incienso, a felpa y a cocina económica con chapa de hierro y tanque de latón para el agua caliente. Pero es que ahora los senos maternos huelen a silicona, como los burletes, y la pasión se llama viagra. Antes, los niños con padre, al matricularse en la escuela, escribían 'productor de Ensidesa' en la casilla 'profesión del padre', aunque alguno pusiera 'reproductor' porque sabía cómo se las gastaba en casa aquel animal de bellota, bellota es glande en francés. Hoy la casilla del padre ha desaparecido por no violar la intimidad de los nuevos modelos de familia donde el padre se llama Isabel, mamá se llamaba Manolo y el niño es de importación, de Caolín, por más que se llame Xuaco como el abuelo y sepa cantar en asturiano.
Otro mundo, Corín, otro mundo. Y estamos en fuera de juego. Antes, en aquella edad dorada sin divorcios ni parejas de hecho, la gente se portaba como dios manda, y Sara, Marujita y Carmen Sevilla bailaban en los jardines del Pardo una conga decente e inocente, agarradas a la cintura de doña Carmen Polo.
Y todo era ¿cómo decirlo? ¿Más normal ?