Martes, 1 de mayo de 2007
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Primero de Mayo
LA realidad laboral se ha vuelto tan diversa que resulta difícil integrarla en un mismo colectivo. En Asturias, sin ir más lejos, conviven realidades tan dispares -jubilados jubilosos y jorobados, prejubilados a la edad que otros quisieran ser, al menos, mileuristas, trabajadores de cuello blanco y con la soga al cuello...- que difícilmente caben todos bajo el mismo paraguas y tras la misma pancarta.

Las diversas convocatorias sindicales tienen más que ver con sensibilidades distintas que con un análisis global de la realidad; en unos casos se celebra la nostalgia que anualmente necesita oxigenar el recuerdo de lo que fuimos más que fijar prioridades y jerarquías; en otros, la exigencia se vincula a situaciones puntuales, lejos, casi siempre, de cualquier lucha que trascienda nuestro pequeño mundo y, en la mayor parte, muestra la miopía sindical hacia millones de trabajadores reales pero invisibles. Ya no sabemos si nos une la condición laboral, la reivindicación, el supuesto enemigo común o sólo nos queda el empleo de la misma terminología que sigue valiendo para un tiempo distinto en un mundo diferente.

Las manifestaciones muestran la división sindical y -lo que es más grave- la distancia entre trabajadores; unos de discurso reivindicativo y situación privilegiada, otros mudos sin que nadie preste la voz para compensar su debilidad y otros que ni siquiera asisten, aunque luzcan en el discurso como prioridad de la buena acción sindical del día. Habría que ver cuántos currantes precarios, jóvenes parados, leyendas urbanas, sumergidos, mujeres de minisueldos sin minipisos, inmigrantes invisibles por más colorido que tengan, pasearán hoy las calles.

La manifestación multitudinaria será la de los ausentes, la silenciosa de mano de obra barata que no se suma a ninguna, pues ésa no es su guerra, ésta la libra cada día a solas; gente que ve a otros trabajadores como galácticos y a los sindicatos como gremios liados en defender el nivel de vida de sus asegurados con garantías imposibles para todos; sindicatos incapaces de integrarlos de modo eficiente, con un discurso inerte fruto de la inercia, ajeno a los nuevos parias que pueblan las calles y el planeta; aquellos que, con suerte, tienen hoy un día de descanso, que para días del trabajo poseen más de los que quisieran.

La cultura del consumo hace de la reivindicación un eslogan y del derecho un producto. Mientras unos claman su derecho a comprar para elevar su nivel de vida, otros no intuyen aún el derecho a no venderse para comer. Oferta y demanda. La precariedad acampa entre nosotros: laboral, reivindicativa y analítica para desentrañar un mundo que nos hace sentirnos satisfechos con un plato de lentejas.

 
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