He dejado pasar unos días desde que emprendiste ese largo viaje con objeto de ordenar mis ideas, pero fueron tantos los testimonios recibidos estos díaas hacia tu persona que me veo en la obligación moral de contárselo no sólo a todos los que lo quieran leer, sino en especial a tu madre Estrella, a tu hermana Marisa, a tu cuñado Tino y a tus sobrinos Vanesa y Josín.
Me imagino que existe una tendencia a hablar bien de las personas en estas situaciones, pero, como todos sabemos que ni eras millonaria ni tenías poder, los comentarios positivos de la gente cobran más valor por su sinceridad.
Si algo te definió Yoli en esta vida, lo destaca todo el mundo, fue tu permanente sonrisa. Todos nos imaginamos que habrás tenido malos momentos, pero creo que nadie te pueda recordar con un mal gesto. Llegué al convencimiento que hasta cuando te enfadabas sonreías o era que nunca te enfadabas.
El día que te marchaste, tu madre, dentro de su inmenso dolor, pudo comprobar que todos los que te queríamos estábamos allí y lo que nadie podía imaginar es que fuéramos tantos. Estaban tus alumnos, desde los más pequeños a los que ya son hombres y mujeres hechos y derechos. Qué bien lo hiciste. Estaban tus compañeros del Instituto de Mieres en pleno. Estaban tus amigas de toda la vida. Estaban tus compañeros y compañeras de Químicas venidos de todos los rincones de España (algunos hacía más de diez años que no los veíamos y a pesar de eso vinieron). En fin, no quiero que nadie crea que me olvido de él, pues estaban todos.
Comprendo que a Estrella le queda un vacío imposible de cubrir, pero si tú supiste entender la vida con una sonrisa y fuiste capaz de transmitírnosla a todos los que te queríamos, nosotros el mejor homenaje que podemos hacerte es llevar esa sonrisa permenente en nuestras caras y en eso incluyo a Estrella, Marisa, Tino, Vanesa y Josín. Sé que no es nada fácil, pero Yoli bien se merece un esfuerzo y su sonrisa es su legado.