Sólo lleva ocho años coleccionando juguetes, pero se lo ha tomado en serio porque en ese tiempo ha superado ya los setecientos objetos. A José Antonio Quiroga, ovetense de 43 años, le cambió la vida cuando en un desván familiar encontró una locomotora de hojalata del año 34. «Empecé a comprar sin tener conocimientos y en poco tiempo me puse a investigar», dice quien se mueve ahora como pez en el agua en un mundo de subastas, compras particulares, películas -algunos de sus artículos han salido en filmes de Gonzalo Suárez y Benito Zambrano- y exposiciones abiertas al público. Precisamente, casi trescientos de esos artículos se pueden ver ya y hasta dentro de seis meses en el Palacio de los Niños de Oviedo en una colección que el propio Quiroga califica de «diferente y muy completa».
Auspiciada por Cajastur, 'La magia del juguete', título de la exposición, da buena cuenta de un siglo de entretenimiento en España, desde 1880, año de los primeros juguetes que conserva, hasta 1980; con todo lo que ello conlleva. Y es que a través de los trenes, los madelman y las muñecas de cartón piedra de Mariquita Pérez, el visitante se da de bruces con un «reflejo de los cambios económicos, sociales y políticos de la época. En definitiva, la historia de un país a través de sus juguetes».
La variedad es la máxima y en el recorrido conviven juguetes caros, para la época, con objetos más modestos como la típica peonza de madera. Pero, sin duda, la joya de la muestra tiene nombre propio, el del pintor Joaquín Torres García. «Se trata de un tren de madera que hizo dentro de una serie de juguetes pedagógicos que fabricó en el año 1911. La fábrica donde se almacenaban se quemó», cuenta. Una pieza de esas puede alcanzar perfectamente la friolera de 30.000 euros.
Por otro lado, la exposición, aparte de sacar unas lagrimitas a los más curtidos, busca que los chavales recuperen la pasión por los juegos de antaño. Ya dice Quiroga que los niños ya casi no tienen tiempo para jugar: «Entre las actividades extraescolares, la televisión y las videoconsolas, ha cambiado la concepción del juego. Nosotros de críos teníamos sólo uno o dos juguetes al año, lo que hay ahora es consumismo puro».
Pero, ¿cómo responden los chavales ante los objetos exhibidos? Asombro es la palabra que le viene a Quiroga a la mente. «Son juguetes que nunca han visto y se quedan extrañados pero también es verdad que se sienten a gusto en ese ambiente», asegura. Con tanto objeto alrededor, cabe preguntarse si alguna vez no entran ganas de ponerse a jugar: «Por supuesto, un adulto no deja de ser un niño. Muchas veces no me resiste a darle cuerda a un coche», concluye.