Miércoles, 2 de mayo de 2007
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Ciudadanos
RECIENTEMENTE y coincidiendo con la celebración del Día del Libro, la denominada Escuela de Escritores lanzó la iniciativa 'Apadrina una palabra', con el noble fin de rescatar palabras de la lengua castellana que hayan caído en desuso. En contraposición con este loable juego, hay palabras que de un tiempo a esta parte han recuperado una nueva juventud y se encuentran en boca de todos. Ejemplo claro de este fenómeno es la que da título a estas líneas. Crecen plataformas que se adjetivan como ciudadanas, tanto en el mundo virtual como en el real; ahí está la autodenominada Asamblea de Ciudadanos por la Izquierda creada en Oviedo para arropar a los expulsados de Izquierda Unida; incluso nacen asignaturas dirigidas a engrosar el currículo de nuestros adolescentes con el pomposo nombre de Educación para la Ciudadanía. En fin, no cabe duda de que el sustantivo ciudadano ha recuperado un vigor hasta ahora desconocido.

Siendo justos, el mérito principal de haber rescatado el noble concepto acuñado en la Revolución Francesa pertenece a un grupo de irreductibles catalanes que, inspirados por una intelectualidad barcelonesa poco dada al compadreo nacionalista, decidió crear una nueva fuerza política defensora de principios antiguos, clásicos, pero hoy desgraciadamente abandonados por las fuerzas políticas.

Principios que de forma muy esquemática podríamos resumir en la defensa de un concepto de ciudadanía que, aunando los valores de libertad e igualdad, pone el acento en la radical igualdad de los individuos por encima del género, las etnias, las razas y las culturas en las que se adscriben. Este concepto de ciudadanía resulta, pues, incompatible con el principio identitario tan en boga hoy en nuestro país, curiosamente de la mano de los nacionalistas, pero también de la izquierda oficial.

Pero, más allá de estas cuestiones filosóficas, el éxito de Ciutadans de Catalunya (hoy Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía) en las pasadas elecciones catalanas vino a confirmar la existencia de una amplia franja de votantes que no se encuentran reflejados en los modos y maneras de las fuerzas políticas actuales, y el descontento con una polarización del debate político entre los partidos mayoritarios que se justifican única y exclusivamente en el ataque al adversario; de tal modo que todo vale con tal de conservar o alcanzar el poder, aunque ello suponga el abandono de los principios esenciales o la puesta en riesgo del sistema constitucional de convivencia articulado en nuestra Constitución de 1978.

En Cataluña se ha conseguido hacer visible esa nueva opción política, y ello a pesar del ninguneo de los medios, de la escasez de recursos y de los ataques recibidos con calificativos como nuevos 'lerrouxistas' que trataban de hacernos creer que nos hallábamos ante el nacimiento de un partido casi 'antisistema'.

La conversión de este fenómeno local en fuerza nacional es un nuevo reto, no exento de múltiples dificultades, pero no cabe duda de que se extienden los signos de que la necesidad de su implantación es cada vez más necesaria. Baste recordar dos episodios recientes: el primero, el plagio de una parte significativa del programa electoral de Ciutadans por los socialistas canarios, lo que prueba dónde se encuentra el espacio político a ocupar y la validez de la propuesta más allá del reducido espacio catalán. Y el segundo, las recientes elecciones primarias en Francia y la aparición del fenómeno Bayrou como fuerza decisiva capaz de inclinar a los dos grandes partidos hacia propuestas que superen la parálisis del sistema, una fuerza además nutrida de forma muy significativa por unas huestes jóvenes y entusiastas que se aprestan para resultar decisivas en las próximas elecciones legislativas.

Siguiendo la propuesta inicial, si hubiese que apadrinar no palabras, pero si frases significativas del actual panorama político español, me decantaría por el título de un reciente artículo de Rosa Díez. Resume casi todo al respecto: «¿No creéis que ya ha llegado la hora?».

 
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