LA Historia, ciencia de la búsqueda de la verdad, viene a ser como ese guiñapo al que todo el mundo se cree con derecho a cambiar de disfraz, una bola de plastilina que cualquiera puede modelar para sacar de ella la figura que se le antoje, un relato que se puede variar impunemente según las conveniencias de turno. Los nacionalistas la inventan, los revisionistas la maquillan, los políticos meten en ella sus manos maniqueas y los novelistas la falsifican para llenar sus zurrones de fama y dinero. Y el gran público, que no tiene a su alcance ni tampoco obligación alguna de transitar por los áridos caminos de la investigación, se queda con una imagen distorsionada, y sólo los más atentos se dan cuenta de que lo que les está contando el gurú no son los hechos tal como sucedieron, sino como a él le gustaría que hubiesen ocurrido. Ninguna otra disciplina es tan vulnerable a los intereses oportunistas de los que ostentan cualquier tipo de poder.
En España, su Historia ha sido la presa favorita de la eterna tendencia a la autoflagelación de muchos y también de la concepción providencialista de algunos. Sin crítica ni afán de rigor. Tan absurdo es que se diga que fue el instrumento de la voluntad divina para llevar la luz al mundo, como que se afirme que es una historia abyecta y genocida, una perpetua equivocación. Hemos pasado por el mundo como todos, algunas veces atacando y la mayoría defendiéndonos de tantos como quisieron invadirnos, que esa sí que puede decirse que es nuestra mayor constante histórica. Nuestras páginas, ni más ni menos que las de los demás, se escribieron con brillos y con sombras, con gestas heroicas y mezquindades, con honor y con traiciones, con sacrificios, con sangre, con actos de suprema dignidad y con miserias. Con ideas y palabras sublimes y con fuego. Siempre con la temible certeza de que era por el bien de alguien, como en todos los lados. Sería inútil establecer un balance, porque cada uno incluiría los términos que más le conviniesen a su instalación cultural o ideológica, pero en conjunto uno cree que el resultado puede considerarse más que digno.
Hoy, dos de mayo, día que en años no muy remotos se convertía en Dos de Mayo, fecha no lectiva y apodada con el pomposo nombre de día de la Independencia, ya sólo es festivo en Madrid, pero quizá sea un buen momento para releer con ánimo limpio algunos capítulos de nuestro gran libro y establecer nuestras propias conclusiones. Es esta una fecha que conmemora una sublevación popular contra una invasión extranjera, una más entre tantas. No fue la más traumática, ahí ninguna puede igualar a la musulmana, pero creó en muchas conciencias un conflicto interno que a la larga habría de influir en la evolución política posterior: el del debido amor a la patria, anclada en el absolutismo, pero patria, frente a la idea de progreso que representaba el enemigo invasor. La superación de este conflicto dio como resultado una de las primeras constituciones del mundo.