SIEMPRE que escucho hablar de Stephen Hawking me acuerdo del pensamiento 113 de Pascal, uno de los textos más concisos y, al tiempo, extraordinarios de la filosofía occidental, un fragmento de genio que encierra toda una definición de la condición humana y de su singularidad. Escribe Pascal en su célebre pensamiento acerca de la caña humana: «No es en el espacio donde debo buscar mi dignidad, sino en el orden de mi pensamiento. No tendría ninguna ventaja por el hecho de poseer tierras. Por el espacio, el universo me abarca y me absorbe como un punto; por el pensamiento, yo lo comprendo».
Quizá nadie como Hawking haya plasmado la verdad de este aforismo con tanta intensidad. Recluido en un cuerpo infame, condenado a ser un trasto con huesos y músculos, empujado por la enfermedad a no poder relacionarse con el medio que le rodea sino a través de su inteligencia, Hawking se dibuja casi como un cerebro puro, lúcido e implacable que hubiera renunciado a la tiranía del cuerpo. Nunca el imposible sueño de la res cogitans cartesiana, independiente y autónoma, estuvo tan cerca de ser satisfecho como en la existencia del astrofísico británico.
Hace unos días Hawking, uno de los hombres que más ha profundizado en la teoría de la gravedad, fue invitado por la NASA a experimentar la ingravidez total. Subió a una nave que alcanzó los 32.000 pies, que viró y enfiló la Tierra en un ángulo de 50 grados y que descendió en apenas medio minuto casi dos kilómetros y medio, cayendo a una velocidad de 48 metros por segundo. Entonces se hizo el vacío.
Cuentan las crónicas que, como homenaje al sabio de Cambridge, alguien, una mano poética sin duda, dejó flotar una manzana a su lado, en alusión a Isaac Newton. No importa que la anécdota sea espuria. Lo que importa es la imagen del hombre impedido, del desecho físico experimentando en su cuerpo herido todo aquello sobre lo que lleva escribiendo, investigando e imagino que soñando hace décadas.Y creo que en ese instante, cuando la ingravidez lo alcanzó, Hawking, esa caña pensante, habría dado todo el capital de su privilegiado cerebro por ser sólo un cuerpo y reír, cantar, mover los brazos gritando: «Miradme bien. Lo he conseguido. Puedo volar».