A muchos les gustaría saber cómo se siente un político cuando la sociedad le considera uno de sus cinco problemas más espontáneamente confesados. Lo que se llama clase política preocupa al ciudadano español, según el último sondeo del CIS, menos obviamente que el terrorismo y el paro, y hasta menos que la inmigración y la vivienda, pero más que la delincuencia, o seguridad ciudadana, y más que las dificultades económicas del momento. ¿Por qué preocupan los políticos a los ciudadanos/electores en una democracia? Una respuesta urgente e insuficientemente meditada, referida a la actualidad española, sería la de que nuestra sociedad podría estar percibiendo, en plena democracia, que el comportamiento de los políticos, o de un alto porcentaje de ellos, más que daño al ciudadano, que sabe defenderse, produce deterioro democrático. De este fenómeno de democracia maltratada, en cierto modo paradójico, hay en esta legislatura algunos ejemplos decepcionantes, y más que por su inopinada aparición, por su afincamiento en escenario político como nuevos signos de normalidad.
Cuando la democracia pierde calidad, sin renunciar a su funcionamiento, los políticos no suelen resistir a la tentación de adaptarse, por comodidad manifiesta, y se adaptan, mientras los ciudadanos, que no acostumbran a tomar la Bastilla más que una vez cada medio milenio, engordan mucho, se deprimen bastante y arrostran con pasiva arrogancia una variedad de riesgos cardiovasculares, por medio de los cuales acaban haciendo mutis de este mundo. Tal es el retrato que hace de los españoles la Encuesta Nacional del INE, o el retrato que podría dibujarse interpretando los datos que ofrece, lo cual no supone ni mucho menos un aliento para el oficio de ser español, en el que nos vamos ejercitando entre problemas morales aborígenes y algunas ilusiones que cada vez rebajan más los políticos. De ahí posiblemente la obesidad o el sobrepeso, las actitudes depresivas y los atascos en el sistema vial del corazón.
Pero España no es un país con la sociedad dormida, pues hasta el político con más cara y voz de sueño, que sería Pasqual Maragall, crea intermitentemente su problema específico como reacción a ciertas incomprensiones circundantes, lo que despierta automáticamente a los socialistas de Cataluña, quienes, una vez despiertos, deciden que ante Maragall lo mejor es volver a adormecerse. Y así están allí las cosas, por la parte de Cataluña, porque en Madrid se despierta de cuando en cuando un barrio para decirle a la autoridad que se lleve las obras a otra parte, y anteanoche mismo dio fe de vida -de vida violenta y golfa, eso sí- el barrio de Malasaña, en el que el humo de hierba llena el aire de las madrugadas festivas.
Y cuando sólo quedan en el asfalto de las terrazas los chicos pobres que no han cruzado el puente, y la mayoría de los bares de la zona está cerrada porque el puente se ha llevado las llaves, la idea del botellón se hace irresistible, como anteanoche, y la cerveza y el calimocho aparecen por generación espontánea. Como apareció la policía, municipal al principio, nacional poco después de abiertas las hostilidades.
Hubo enfrentamiento y cuarenta heridos, la mitad de los cuales eran policías, y diez detenidos, todos del bando de los jóvenes airados, a los que se les interrumpió el botellón y la noche, que los vecinos también tienen derechos. El alcalde Ruiz-Gallardón hizo ayer un oportuno llamamiento a la serenidad y a los jóvenes les instó a reflexionar. Reflexionar, reflexionan esos jóvenes, sobre sus trabajos precarios, la vivienda inaccesible y un futuro que les apremia a vivir el presente, que más vale lo malo conocido...