Miércoles, 2 de mayo de 2007
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El ritual democrático
TODO el mundo sabía que el comité Vinogradov certificaría que el primer ministro Olmert, el ministro de Defensa Peretz y -sobre todo, en primera instancia- el ex jefe de Estado Mayor, Dan Halutz, eran los responsables del fiasco militar y político con que terminó la segunda guerra de Líbano el año pasado, pero se ha esperado hasta ahora para expresar masivamente la cólera del público.

El general de aviación Dan Halutz ya renunció en su día, asediado desde todos los flancos porque él fue -sólo podía ser él, por su función- quien expusiera al Gobierno la táctica a seguir, el cómo ganar. Olmert y su ministro de Defensa, Amir Peretz, novicios ambos en el oficio militar, siguieron la recomendación, pero el primer ministro hizo algo peor: anunció que con las serias represalias ordenadas aplastarían a Hezbolá y obtendrían la liberación de dos de sus soldados capturados horas antes.

Nada de esto ocurrió, como es sabido, y aunque las bajas beneficiaron a Israel por diez a uno en números redondos, la impresión de fracaso se extendió cuando el país no pudo evitar la lluvia de cohetes sobre el norte (con 29 civiles muertos) y al cabo de 32 días, y con la opinión internacional en contra por sus ataques contra objetivos civiles (como el de Qanáa) debió aceptar una resolución de alto el fuego emitida por el Consejo de Seguridad de la ONU.

El comité dará su informe oficial definitivo en verano y ahora nos conformamos con las primeras entregas. No sabemos si Olmert contó a los auditores algo que interesaría más que nada y que, probablemente, nunca sabremos: qué dijo Washington, una pregunta pertinente desde la general seguridad de que el primer ministro israelí, un fidelísimo aliado de Bush, llamó a la Casa Blanca más de una vez por entonces.

La conclusión lógica, pero sin pruebas, es que Washington estimuló todo lo que fuera la posibilidad de acabar con Hezbolá, un poderoso partido-milicia libanés chií estrechamente asociado con Irán y convertido en un insoslayable actor regional. El objetivo era doble: garantizar la victoria táctica a Israel y debilitar de modo irremediable a Siria, que tiene en el Hebolá una de las llaves del laberinto medio-oriental. Así, el resultado fue un doble fracaso para Israel y para Washington.

Con otros dirigentes ¿habría sido otro el resultado? No es seguro en absoluto: Halutz, evidentemente, se equivocó y pagó antes que nadie por ello. Lo demás es política en estado puro y Olmert y Pertez hoy deben renunciar y, eventualmente, llevar el escenario hacia elecciones anticipadas porque tal es la exigencia de una sociedad plural, democrática y de debate.

 
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