CHINA es como la ley de la gravedad. No sabemos muy bien cómo funciona, pero está ahí y afecta. Hace que las cosas pesen; que valgan más o menos. Por eso no podemos ignorarla.
Hace treinta años, China tuvo que optar entre economía y política. Y apostó por la economía. «Gato blanco o gato negro, lo importante es que cace ratones». Y así, sin dejar de ser comunista, China se hizo capitalista. Hace quince años, China tuvo que decidir entre totalitarismo o reformas. «¿Asesinamos a unos pocos miles de estudiantes concentrados en la plaza de Tiananmen o nos arriesgamos a un proceso de reformas que puede afectar a la supremacía del partido único?». Y, sin dudarlo mucho, China optó por lo primero. ¿Qué son unos cuantos estudiantes comparados con la la estabilidad de un país de mil cuatrocientos millones!
Ahora, China tiene que volver a optar entre controlar sus fronteras o abrirse totalmente al exterior. Aunque, en realidad, la opción ya está tomada: «Abrámonos, que venga el turismo, entremos en la OMC y ¿viva la globalización!». Y así, no sin esfuerzo, China se va a poner de largo para el mundo dentro de cuatrocientos y pico días. Concretamente, el día ocho del mes ocho del año dos mil ocho, con la inauguración de los Juegos Olímpicos en Beijing. Y, nosotros, con el permiso del Tíbet y de los estudiantes muertos, a aplaudir.
¿Son entonces compatibles el capitalismo, el comunismo y la globalización? Para los intelectuales europeos, no. Capitalismo, comunismo y globalización son opuestos. Pero esto es sólo una teoría. Porque en China, aunque no sea nada más que para ponernos las cosas difíciles, están empeñados en demostrar que sí. Que son compatibles. ¿Ay si Mao y los maoístas levantaran la cabeza!
Pero bueno, no debería extrañarnos tanto. También en China están empeñados en demostrarnos cómo se pueden fabricar por diez euros (o menos) relojes que en Europa se están vendiendo a tres mil euros (o más). ¿Imposible? Pues tengo pruebas. Bueno, más que pruebas, lo que tengo es docena y media de adornos de pulsera que, eso sí, atrasan veinte minutos cada tres horas. Entre otras cosas, porque hay que darles cuerda cada día. Pero eso, ¿a quién le importa? ¿Son tan baratos!
En fin, la irrupción de China en el capitalismo globalizado está llena de contradicciones. Evidentemente. Pero no es algo que podamos ignorar. No podemos seguir mirando para otro lado. En primer lugar, por una cuestión de proporciones. Creo que ya lo dije al principio, pero es que hay muchos chinos. Es verdad que, de momento, sólo el 30% de ellos se están beneficiando de estas nuevas posibilidades económicas. Pero, claro, el 30% de los chinos supone una población parecida a la de toda la Unión Europea. Casi nada.
En segundo lugar, porque a los chinos este experimento económico les está saliendo bien. ¿Por qué digo esto? Hombre, aparte de los datos macroeconómicos, les aseguro que tomando una copa (en este caso con unos amigos de Xixón) en uno de los muchos rascacielos de Shangai, mientras toca un grupo de jazz, uno tiene la clara sensación de estar en el futuro centro del mundo. No del Tercer Mundo. No. Del Primero. Más o menos lo que debía de ser Nueva York hace un siglo.
Y, en tercer lugar, porque todo este crecimiento va a generar contradicciones; diferencias sociales. Por supuesto. Pero no un estallido social; no una revolución. ¿Acabarán muriendo de éxito? Tampoco me parece. Lo que creo es que estas nuevas posibilidades de progresar van a actuar como válvula de escape para toda la población. Y, eso sí, a medida que el país vaya avanzando, los sueldos irán subiendo, los niveles de exigencia también, y estos abismos entre Oriente y Occidente, por ejemplo en el precio de los relojes, pues también irán disminuyendo.
¿Debemos tener miedo de esta situación? No lo creo. Como tampoco creo que debamos intentar aprovecharnos de ella. Por humanidad, por sentido común y porque no hay nada más triste que un estafador estafado. Y porque no todo es color de rosa. China es una civilización antigua; un país culto y sabio. Pero la proporción de universitarios es ínfima. China también es un país disciplinado, con un talento antiguo para la reproducción; para la copia. Pero, por eso mismo, tienen un desprecio milenario por la propiedad intelectual, por la innovación. Y ahí está nuestra oportunidad. Ahí está el punto fuerte de Europa.
Siempre lo pensé. Pero, después de volver de China, estoy incluso más convencido que nuestro futuro económico está en la innovación, en la formación, en la estrategia. Lo tengo clarísimo: innovación y diseño. Es decir, la letra pequeña del manido I+D. Esa es nuestra fuerza.
Hasta Confucio me daría la razón.