EN su acepción de tratar de política con superficialidad o ligereza (o sea, en justa reciprocidad a como suelen actuar los profesionales de la cosa política ), pueden ser considerados los siguientes comentarios, aprehendidos por aquí, por allá, e, incluso, por acullá:
Cuando el viejo anarquista Acracio Barricaes está en plan moderado, suele afirmar que la política no sería tan mala sino existieran los políticos. Con tal antecedente, no es de extreñar la escena acontecida recientemente en una sidrería donde se presentó con el rostro salpicado de granos y nariz goteante, al tiempo que estornudaba y respiraba entre jadeos:
-¿Alergia al polen de las flores, ho? -se interesó un tertuliano, que obtuvo la aclaración pertinente:
-Sí, home, sí, pero ye peor aún la que tengo a los capullos políticos que hacen y dicen tantes tonteríes electorales.
-Aquí viene un gráfico comparativo de las tendencias de voto en las diferentes circunscripciones electorales a lo largo de la democracia.
-Pues no me las leas, porque un servidor hace como Churchill y sólo cree en las estadísticas que ha manipulado previamente.
-¿Vas a ir a algún mitin?
-Ya fui a uno haz tiempu.
-¿Y...?
-Pues que el que vio uno ya los vio todos, bobín.
-No vales pa diplomática, amiguina... ¿A quién se le ocurre decir lo que piensas?
-Tampoco serviría para la política, ya que también me gusta pensar lo que digo.
Ahíto de oír comentarios sobre los delirios nacionalistas de ciertos vascos, en tertuliano interrumpió airado:
-Si tuviera que optar entre la solución del cacareado problema vasco y la del problemón que tengo todos los meses con la hipoteca del piso, ¿cuál creéis vosotros que elegiría, ho?
El casi omnipresente Casacites llegó por los pelos, pero llegó aunque fuera en el último punto. Vio de qué iba la cosa, calculó el espacio que restaba y atacó:
«La moral se esgrime cuando se está en la oposición; la política, cuando se ha obtenido el poder».