El dolor y la admiración fueron las notas dominantes del funeral oficiado en la tarde de ayer por el alma de Alfredo Suárez García, propietario de la librería Industrial y Buroteca, fallecido el jueves a los 80 años de edad, al no poder sobreponerse a un grave enfermedad que le sobrevino en los últimos tiempos.
Dolor por su fallecimiento y admiración por su prolífica trayectoria profesional como ingeniero técnico industrial y como introductor de la papelería técnica en la ciudad.
El templo parroquial de San Lorenzo -«su iglesia de toda la vida»- se llenó para dar el último adiós a este gijonés, «entregado a su familia y a su trabajo», tal y como aseguran quienes le conocieron en vida. Al acto litúrgico asistieron, entre otros, numerosos libreros de Gijón y representantes del Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Industriales del Principado de Asturias, que el próximo 2 de junio tenían previsto entregarle la medalla de honor del colectivo.
«Rodeado de los suyos»
Los numerosos asistentes -pocas veces el templo lució tan lleno- arroparon a la viuda, Natividad González Rodríguez, y a sus cuatro hijos: Mariví, Fredi, Belén y Merche. «Terminó rodeado del cariño de los suyos y con la fe de sentirse en manos de Dios», afirmó en la homilía el párroco de San Lorenzo, Herminio González. El cura recordó «que lo único que está claro en esta vida es que la muerte acabará llamando a nuestra puertas». A Alfredo Suárez le llegó a los 80 años habiendo cosechado a lo largo de su vida numerosos éxitos profesionales y personales.
Nacido en Gijón el 21 de julio de 1926, Alfredo Suárez cursó estudios primarios en la academia Aguirre. Comenzó los estudios de Maestría Industrial y en 1952 finalizó la carrera de perito industrial. Para entonces, ya estaba al frente de la librería Industrial, en la calle de San Bernardo. Se inauguró en 1948 y fue el primer comercio dedicado a las publicaciones especializadas y material de dibujo técnico.
«Su pasión era el dibujo y por ello intentó trasmitirlo a muchos estudiantes», explicó su hija Belén. Alfredo Suárez ejerció como profesor en la Universidad Laboral y en el colegio de la Inmaculada. «Daba clase además en la trastienda de la librería, incluso cuando no podía casi ni coger el lápiz porque le temblaba el pulso», apuntó su hija.
Fue en 1972 cuando se embarcó en un nuevo negocio. Buroteca, ubicada también en la calle de San Bernardo, se convirtió en referente de la reprografía de planos, fotocopias y mobiliario de oficina. En 1998 celebró el cincuenta aniversario de su librería y en 2001 fue homenajeado. Ayer recibió el último reconocimiento público. Los siguientes están por llegar.