Sábado, 5 de mayo de 2007
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Goethe de andar por casa
UNA vez le preguntaron a Goethe que para quién escribía. No se crea nadie que se trata de una pregunta exclusiva para los pobres escritores en asturiano. No obstante, la situación es bastantes similar. A primeros de siglo XIX, el volumen de alemanes que leía alemán podría equipararse al número actual de asturianos que lo hacen en asturiano.

Así es que Goethe contestó:

-No lo sé, creo que escribo para muy pocos. Nunca he pretendido agradar a la multitud, ya que lo que yo puedo hacer, la multitud no lo quiere, y lo que todo el mundo quiere, yo no puedo ni quiero hacerlo.

Hace años que utilizo esta cita de Goethe por lo bien que refleja el sentimiento hacia el trabajo de escritor. Son tantas las veces que me preguntan a mí mismo por el mío que me viene bien contar con la inestimable ayuda de un escritor de reconocido prestigio. Más que nada para seguir manteniéndome en el plano de lo educado y políticamente correcto. Porque no me cabe la menor duda de la contestación que daba vueltas por la cabeza de Goethe ante el periodista número cien que le volvía a formular idéntica pregunta.

Todavía este sábado estamos celebrando la Selmana de les Lletres Asturianes. Las preguntas siguen siendo las mismas. Las mismas que hace treinta años. Las mismas que a Goethe. No es algo que tengamos que agradecer a nuestros entrevistadores, que es su oficio, sino a nuestros políticos.

Es el mismo problema que el de la falta de autovía en el tramo de Llanes a Unquera. Algo de lo que llevan años hablando pero aún no han resuelto. No hay nadie, absolutamente nadie, que piense en serio que ese tramo no se va a llevar a cabo. De todos modos, sigue sin hacerse. Y no dejan de pasar los años.

Con la declaración de oficialidad a la lengua asturiana ocurre lo mismo. Como en el caso del tramo de la autovía, se trata de un problema de mala gestión política. A los trabajadores de la empresa concesionaria del tramo no se les puede culpar de nada. A los escritores y hablantes de nuestra lengua propia, tampoco.

Uno de esos políticos que, en razón a su cargo, tiene que seguir los dictámenes de su partido, me lo comentaba:

-Yo soy muy crítico con respecto a ese tema.

Goethe no era muy amigo de los críticos, especialmente de uno llamado Tieck, que siempre analizaba escrupulosamente todas sus obras, y refiriéndose a él decía:

-Todas las flores tienen insectos. Los poetas también. El mío se llama Tieck.

Nosotros podemos decir lo mismo:

-Todas las flores tienen insectos. Los hablantes de lengua asturiana también.

No es necesario que te dé nombres. Tú tienes los propios. Yo los míos.

Hace escasas fechas, comía fuera de Asturies con el político asturiano que citaba hace un momento. Como no repite, puedo contarlo. Como es natural, hasta que el camarero no se enteró de que era asturiano, no paró. El truco siempre es el mismo: cometer la falta de educación de hablarle en asturiano a alguien que no tiene porqué saberlo. Lo que en casa llamamos 'ser faltosu'.

Unas veces se resuelve con un simple:

-Pa mí, pixín.

El camarero, es evidente, piensa que entendió mal.

-Por favor, ¿sería tan amable de repetírmelo?

-Pixín, ho.

Con lo que el camarero, que nada sabe del asturiano, piensa que su cliente habla en vasco o es imbécil. Por lo general, lo segundo. Y acierta.

Es algo que tengo más que comprobado. Mientras más crítico sea uno con la lengua asturiana, más la empleará fuera de Asturies para que todos se enteren de que es asturiano.

-¿Ah, disculpe, es que no me di cuenta, 'pixín' en como llamamos en Asturias al besugo!

-Será al rape -tuve que entremediar.

-Eso, al rape. ¿En qué estaría yo pensando?

-A lo mejor, en lo que eres.

La técnica contraria también se practica. Por ejemplo, buscar en una carta en vasco lo más raro que encuentra para pedirlo en vasco, pronunciado como si fuera bantú y poniendo cara de imbécil, cuando al lado tiene su traducción correcta a la lengua del imperio. O sea, al inglés. Sólo un poco más abajo estaba, detrás del francés, en castellano.

A Goethe le pasó algo parecido cuando invitó a comer un día a Víctor Hugo, en Schaffhausen, aprovechando la estancia de éste en la Suiza de habla alemana. Como era tan tragón, pensó que el plato más sustancioso debía ser el más caro y encontró en la carta, al final y en letras más grandes, uno que decía: «Kalaische nach Rheinfall: 10 es». Como si se tratara de un político asturiano hablando en vasco, le dijo:

-A mí me trae una buena ración de Kalaische nach Rheinfall.

El camarero se quedó de piedra. Aquello no era ningún plato, sino el precio de un paseo turístico en calesa hasta las cataratas del Rhin.

 
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