CON un litúrgico y piadoso llamamiento a la paz, la reconciliación nacional y el desenlace político pactado fue clausurada ayer la conferencia internacional sobre Irak, celebrada en Sharm-el-Sheij (Egipto), pero la noticia del día fue una 'no noticia': no hubo reunión de Condoleezza Rice con el ministro de Exteriores iraní, Manuchehr Mottaki, aunque funcionarios de menor rango sostuvieron un encuentro calificado de 'técnico'.
El jueves sí se había producido el encuentro de Rice con su colega sirio, Walid Moallem, media hora de conversación que el funcionario sirio encontró «útil y constructiva» mientras que la secretaria de Estado destacó que la parte siria había reiterado su decisión de ayudar a Irak, pero que ahora espera «actos, no palabras». Aparentemente se cumplió la condición no escrita para celebrar la reunión: que se limitara al asunto iraquí, aunque nunca sabremos si se abordaron otros temas.
La conferencia fue una iniciativa formalmente iraquí y, de hecho, respaldada en Washington, tuvo el mes pasado una primera fase de menor nivel político (viceministros o asesores) pero fue lo bastante interesante como para celebrar un pleno de ministros de Exteriores con la presencia del secretario general de la ONU. El primer día se dedicó a asuntos económicos y financieros y, ayer, a la política. Aunque los iraníes estuvieron muy severos con los norteamericanos, se instó a la resolución del conflicto por medio del diálogo y el pacto, con explícita exclusión de la violencia.
Esto no tendrá el menor eco en la vida diaria y sobre el terreno las cosas seguirán más o menos como hasta hoy, pero en Sharm-el-Sheij quedó claro que no puede olvidarse esto: ni uno solo de los vecinos del viejo «país de los dos ríos» quiere el triunfo de Al-Qaida y la guerra evoluciona lentamente en esa dirección. Habrá que resignarse, más o menos, a un triunfo de la mayoría chií, pero todo es aceptable con tal de sumar fuerzas contra los terroristas.
Se ha escrito hace poco que 'hasta Muqtada al-Sadr necesita a los norteamericanos' lo que es verdad hasta cierto punto porque, como todos los demás actores, no está seguro de poder con la organización de Bin Laden y sus innumerables agencias locales sin alguna clase de convergencia. Que todos, por diversas razones y en función de sus intereses, tengan un enemigo común hace evolucionar la tragedia iraquí hacia un extraño punto intermedio que no tiene precedentes y complica y simplifica al tiempo la situación y el análisis.