Los comicios locales y autonómicos celebrados el jueves en el Reino Unido mostraron una erosión atenuada de las bases sociales sobre las que Tony Blair ha venido sosteniendo su política, lo que sitúa su despedida, anunciada para la próxima semana, en una coyuntura menos traumática de lo que vaticinaban los sondeos. Además, la resistencia ofrecida por el electorado laborista, junto al trasvase de una parte de su voto hacia los conservadores, contuvo ayer la magnitud de la victoria nacionalista en las elecciones al Parlamento escocés.
El escrutinio electoral ofrece los ingredientes precisos para que la política británica viva un próximo período de convulsión. Pero ni sus resultados colocan al sucesor de Blair, Gordon Brown, ante el inexorable destino de preparar la alternancia a favor del partido conservador, ni permiten al Partido Nacionalista Escocés convocar su prometido referéndum sobre la independencia.
La 'devolución de poderes' a Escocia, una de las iniciativas estrella del escocés Blair, no ha apaciguado la efervescencia soberanista, sino que ha contribuido a estimularla. La explicación parece evidente: la mera posibilidad de un amplio autogobierno ha concitado un mayor respaldo hacia quienes más lo reivindican. Pero el incremento del ánimo nacionalista escocés difícilmente podrá dibujar una línea siempre ascendente. De hecho, los 47 escaños que ha obtenido el SNP se encontrarán, previsiblemente, frente a una barrera de contención formada por los 46 laboristas y los 16 liberales que contaría, además, con la conformidad de los 17 conservadores.
Un panorama parlamentario que situará al emergente nacionalismo escocés ante la disyuntiva de inclinarse por el maximalismo o rentabilizar los veinte escaños en que ha aumentado su presencia con una gestión más posibilista de esos votos.