La historia en la época de Alfonso II El Casto (719-842) señala la creación de un monasterio benedictino en el núcleo fundacional de Oviedo, que no pasó a denominarse de San Pelayo hasta el año 994, con la llegada de las reliquias del joven mártir. El tiempo acuñó el apelativo cariñoso de Las Pelayas a sus monjas, conocidas por la labor de extender la cultura, a través de su archivo, su canto gregoriano y su fe, con una silenciosa labor de oración y de lugar de acogida.
Las Pelayas , con «más de 1.000 años ligadas a Oviedo», como recoge el acta del premio, escribieron ayer otro capítulo de su historia y la de su ciudad. El alcalde, Gabino de Lorenzo, entregó a la comunidad la máxima distinción de la capital asturiana, la Medalla de Oro de Oviedo, en un acto emotivo celebrado en el monasterio donde actualmente residen 34 religiosas.
«Durante más de diez siglos, Las Pelayas han estado aquí cumpliendo con su misión, sin meter ruido alguno, salvo el repique de las campanas, que marca el ritmo de los vecinos», ensalzó el regidor, quien permaneció al lado del arzobispo de Oviedo, Carlos Osoro, encargado de glosar a las distinguidas, y la madre abadesa, María Teresa Álvarez, durante todo el homenaje.
Las razones que llevaron a la Corporación Municipal a entregar el máximo galardón municipal a las monjas el pasado 3 de abril son numerosas: cuentan con uno de los archivos más importantes de la región, restauran libros y documentos, editan cedés con sus cantos, con los que ayer deleitaron a los asistentes para cerrar el homenaje, representan valores y «las puertas de su casa siempre han sido un lugar ideal para encontrarse», añadió De Lorenzo.
«La voz del Señor»
El alcalde no fue la única autoridad que ensalzó a la comunidad. Osoro trasmitió el mérito de estas monjas por «hacer posible que escuchemos con vuestro canto la voz del Señor» y les encomendó continuar con la labor de «quitar las durezas del corazón que dividen a esta sociedad».
Después de estas y otras palabras de cariño, la madre abadesa recogió la medalla de oro, con la Cruz de los Ángeles en relieve y el nombre de la comunidad en el anverso, y descubrió el pergamino.
Como en ocasiones anteriores al conceder la Medalla de Oro, una hermana elaboró minuciosamente el documento. María Teresa Álvarez se encargó de explicarlo. «La decoración es sencilla pero significativa. Representa dos columnas, la de la ciudad y el monasterio, y como bases los restos que hay en el monasterio. De las columnas suben ramas del carbayón y a ambos lados está el escudo de la ciudad y de la orden».
Emocionada y agradecida por «mostrarnos tan altísimo aprecio», la abadesa recordó tres de los momentos más destacados en su historia, escrita en una ciudad «donde siempre nos hemos sentido acogidas». A la llegada del patronazgo de San Juan Bautista y las reliquias de Pelayo, en 994, y la desamortización de 1835 «que nos dejó sin rentas ni bienes y fuimos ayudadas por los vecinos», se sumó como momento clave el devastador incendio de 1934. Las monjas lograron salvar el archivo y el cuerpo de San Pelayo de las llamas.
Antes de terminar su discurso, Álvarez se comprometió a continuar la colaboración en un futuro: «Esta medalla supone una plasmación de la simbiosis entre lo que ha sido Oviedo y San Pelayo. Nuestro deseo es seguir participando en la vida de la ciudad, no sólo con los documentos sino integrándonos en la vida de la comunidad».
Al acto acudieron, entre otros, el presidente del Tribunal Superior de Justicia de Asturias, Ignacio Vidau; el director general de Promoción Cultural, Carlos Madera; el deán de la Catedral, Ángel Pandavenes; y el empresario Pepe Cosmen.