CCUANDO yo era joven, el Día de la Madre se celebraba el 8 de diciembre, festividad de la Inmaculada. Dizque el poder terrenal de unos grandes almacenes persuadió a Roma para que trasladara la celebración al primer domingo de mayo, fecha más apta que la anterior para el ejercicio de la actividad comercial colateral a la efeméride. Y si el Primero de Mayo, Fiesta del Trabajo (también festividad eclesial de San José Artesano, sustituto menos evocador de la lucha de clases que el primitivo San José Obrero) cae en domingo la coincidencia se salva con aplazar una semana la jornada matriarcal .
El impacto económico de la fecha asignada en exclusiva a la figura de la madre está fuera de toda duda. Ayer era misión casi imposible encontrar en Gijón plaza libre en toda clase de restaurante o casa de comidas sin reserva previa. Ese inconveniente, sin embargo, careció de relevancia ante las molestias padecidas por quienes ayer mismo hayan pretendido ir en coche hacia la Feria de Muestras, a visitar la I Muestra Internacional de la Sidra de Calidad (calidad, ¿qué calidad?), con sus disuasorios diez euros como precio de la entrada, o al más barato I Salón Internacional del Mar. Desde el día anterior, gran parte del barrio de La Arena era objeto, ejército de policías locales mediante, de la expropiación temporal de sus calles mientras la grúa trabajaba a destajo. Muchas personas, durante muchas horas, fueron damnificadas por la llegada de la Vuelta Ciclista a Asturias, espectáculo minoritario en extinción, que en Gijón aún alienta por una generosa aportación de recursos municipales diversos merecedora de explicación.