Lunes, 7 de mayo de 2007
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Fútbol y poesía no son incompatibles
Siempre ha existido una relación de trasvase y dependencia entre las diferentes modalidades deportivas y las artes. La ímproba expresión del esfuerzo físico que constituye la competición -esa lucha contra el rival, contra el crono o contra la propia resistencia del cuerpo, y que es, en suma, una representación simbólica de la vida- no se perdía en el recuerdo de quienes la habían contemplado, sino que se conservaba en un molde imperecedero para ser admirada por las generaciones venideras. Los escritores vieron muy claro que en la ejecutoria de los deportistas había un halo elevado, de religiosidad; por eso, los poetas que entonan las proezas de los participantes en las Olimpiadas de la Antigüedad van a emparentarlos con héroes semidivinos en los que su condición de simples mortales era sobrepasada gracias a las demostraciones que en el estadio llevaban a cabo, dando nuevo sentido a la condición humana, limitada y terrenal.

El deporte no ha estado nunca al margen de la evolución de los pueblos, y que los Juegos de Olimpia fueron importantes para la civilización helénica da fe el hecho de que los griegos contaban los años por las ediciones de las Olimpiadas, que duraron casi 1.200. Aunque sólo disponemos de las 44 odas que Píndaro, un poeta del siglo V a. C., componía al término de cada una de ellas dando testimonio encomiástico de las hazañas de los vencedores, sabemos que fueron legión los vates que a tales quehaceres se aplicaron, aunque, desgraciadamente, no han llegado hasta nosotros sus producciones. La estela de Píndaro sería continuada en Roma por grandes líricos como Virgilio, Horacio, Propercio u Ovidio. Los estertores del esplendor del Imperio Romano, cuando Teodosio se convierte al cristianismo y se escinde la unidad territorial, trajeron aparejado un descenso en la actividad olímpica, ya que sería prohibida. Habrá que esperar entonces al resurgimiento de las aficiones deportivas en plena Edad Media, ahora bajo la forma de los torneos, donde a la gimnasia se une la preparación para la guerra. En los siglos siguientes, el cultivo del ejercicio físico se mantendrá con moderación (Dante habla de alpinismo, Cervantes menciona las Olimpiadas de Grecia en 'Los trabajos de Persiles y Sigismunda', Góngora alude en sus versos a la lucha libre, Quevedo a la esgrima, Lope de Vega a la natación y Calderón de la Barca al juego de pelota), conocerá su auténtico y definitivo renacimiento a finales del siglo XIX con el proyecto del pedagogo francés Pierre de Coubertain, quien, a partir de 1896, recuperó las Olimpiadas de la Era Moderna y con ello dio el pistoletazo de salida al más fructífero maridaje entre deporte y literatura, y dentro de ésta principalmente a la poesía, por ser género donde la subjetividad del creador se revela muy apropiada para la identificación con los protagonistas y su exaltación. La explosión de la pasión lírica por el deporte se vio alimentada también por las vanguardias del primer cuarto de siglo XX, que rendían fervoroso culto a la impetuosidad de la juventud, la máquina, la energía y la vitalidad de las acciones arriesgadas.

En el último siglo, el fútbol ha conocido un sinfín de tributos versificados; los poetas españoles han imprimido a su visión una diversidad de enfoques y tonos que van de la gravedad al humor, de la grandiosidad epopéyica a la crítica social, de la grandilocuencia a la sencillez anecdótica. El poeta Luis Cremades acertó a definir con sobriedad filosofeante el intríngulis del balompié al escribir que «parece guerra pero es expresión, / drama: forma de no pensar / -como una intuición emotiva. / Parece dominio del aire/ y de los elementos. / Parece disciplina / del músculo y esfuerzo. / Pero es amor al aire, anticiparse; / libertad en una nueva variación».

La finalidad del fútbol es alojar un esférico de cuero en las mallas de la portería, y a tal empeño se refiere Enrique Badosa en un festivo epigrama que no tiene desperdicio: «Ya está en orden el caos de este pueblo. / De nuevo somos grandes y triunfales. / Con entusiasmo todos entonamos / el himno patrio: 'Do, re, mi, fa, gol'».

A los escritores les interesa glorificar a los protagonistas del encuentro, y de esos 11 hombres los preferidos suelen ser o los guardametas o los delanteros. Entre los que tratan que sus tres palos sean inexpugnables, han sido objeto de honores en verso figuras del pasado (Ricardo Zamora) o del presente, cual es el caso de Íker Casillas, a quien la poetisa cordobesa Elena Medel le dedica versos enardecidos: «No dejes de competir en belleza con los astros: / tú eres uno, y esta batalla es tuya y de tus ojos, / tuya y de tus labios expectantes de elegía».

Por su parte, de entre aquellos que tienen por misión batir la meta rival nos topamos con Pelé, Pirri o Jacinto Quincoces, que fue un futbolista mítico de la II República y de la posguerra que llevaba siempre un pañuelo atado a la cabeza para no dañarse con las costuras del balón al rematar de cabeza, su especialidad. De él nos hace, echando mano de la mitología y aludiendo a su olfato goleador, un rendido retrato, formalmente impecable, el poeta Federico Muelas: «Centauro de finísimo cimiento; / arcángel descendido a la pradera / pasando -en soberano detrimento- / del limpio vuelo a la veloz carrera. / Ala en el suelo, recio torso arriba / y siempre la emoción en carne viva».

Los autores suelen glorificar la labor de tal o cual jugador, pero a veces les puede su vena de hincha, nublándoseles entonces la vista; así le ocurre a Gabriel Celaya cuando atribuye las derrotas de su Real Sociedad del alma a los contubernios ajenos, como se lee en su divertida, aunque parcial, 'Contraoda del poeta de la Real Sociedad', donde saca a relucir al guardameta húngaro Platko del celebérrimo poema de Alberti: «Y recuerdo también nuestra triple derrota / en aquellos partidos frente al Barcelona / que si nos ganó no fue gracias a Platko, / sino por diez penaltis claros que nos robaron».

El fútbol abandera gestas, pero también ha servido a notables poetas como Leopoldo de Luis para reivindicar el fútbol pobre, el de amateurs que nada perciben por su entrega a una pasión que hace unas décadas no sabía de cifras millonarias como en la triste actualidad. Leopoldo de Luis aprovecha su homenaje al 'Fútbol modesto' -título de su composición- para denunciar, con auténtico buen gusto literario, el desamparo opresivo que durante el franquismo padecían las clases bajas: «Delgados muchachitos, / pálidos obrerillos con sus botas, gastadas, / bajo sus trajes grises, que van a hacer deporte / o a aprender que ellos mismos son un balón doliente / que a puntapiés manejan los grandes jugadores de la vida».

 
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