Lunes, 7 de mayo de 2007
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HACE unos días celebramos la Fiesta del Libro y todavía resuena en mis oídos el rumor de las calles atestadas de gente alegre y confiada que se entretiene mirando en los tenderetes y en los puestos improvisados de rosas. He recorrido mi ciudad durante tantos años en esta fecha que se confunden todas en mi memoria como si fueran un día único que reuniera las esperanzas de los libros propios y la curiosidad por buscar los ajenos. Un día mítico que yace tranquilo en la profundidad de mi conciencia para emerger como el más encantador de los recuerdos: llueve y la gente abre paraguas de mil colores sin dejar de pasear y buscar el libro que quiere en los tenderetes que también han improvisado toldos de plástico. El cielo gris no parece querer abrirse pero todos pasean por la calle con la misma tranquilidad que si fuera un día soleado. Que lo es también, como si el cielo de la primavera se mostrara limpio por primera vez en el año con la excelsa luminosidad que tanto añoramos en el invierno, y flota en el ambiente la sensación de una tarde tan interminable como la de nuestros veranos infantiles. Con sol o con lluvia, paseamos abriéndonos paso entre la multitud y como cada uno de los transeúntes nos llenamos de bolsas para amigos, hijos, parejas, padres o amantes porque de pronto nos damos cuenta de que hay libros para todos, porque descubrimos en ellos, en los que amamos, una característica que permanecía oculta, tal vez porque los demás días del año no habíamos tenido tiempo de pensar en qué es lo que más les gustaría.

Así es nuestra vida, jalonada de días o noches míticas que como agujeros negros condensan todos los días y noches que hemos vivido en una fiesta, un bienestar, un amor, porque la memoria no es tan selectiva como quisiéramos y tenemos que conformarnos con una generalidad que incluye lo que le es común.

¿Recordaremos también dentro de unos años los días crispados, los insultos, las descalificaciones, las mentiras y tergiversaciones que vivimos a diario como un solo día siniestro y amargo que los dioses nos habrán hecho soportar para compensar nuestro desinterés por la Tierra que vivimos, por las gentes que la habitan, por la Historia que arrastramos o por el cinismo con que miramos los derechos humanos? Me temo que no son los dioses los responsables de los mitos que acumula nuestra memoria, sino nuestra intervención en una vida pública y privada que favorece o denigra no sólo valores y complicidad, sino también todo aquello que de hermoso hay en la vida.

 
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