Lunes, 7 de mayo de 2007
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Reflexiones electorales
SIEMPRE he pensado que las campañas son demasiado largas. Tenemos por delante casi dos semanas oficiales en las cuales partidos y candidatos van a estar todo el día dándole la paliza al ciudadano. Esto es, repitiéndole una y otra vez las mismas cosas, sobando discursos, solapando actos Si lo meditan un poco, apenas en una semana quedaría más que certificada la cosa. Total, para exponer lo que se supone que tiene que decir una campaña, es decir, un programa electoral y la posición sobre diversos temas de actualidad, sobra. Sin embargo, la realidad nos dice que cuando se pone en funcionamiento la maquinaria no para. Así, escucharán altavoces por la calle con musiquillas pegadizas que anunciarán convocatorias sin parar, su buzón se llenará de cartas embutidas con folletos, en los periódicos abundarán las páginas completas con la foto del candidato/a de turno. En fin, si todo eso se hiciese, repito, en una semana, al menos se ahorrarían costes. Recuerden que los principales partidos asturianos han declarado que gastarán cerca de un millón de euros en estas elecciones.

Bien, si ustedes creen en los Reyes Magos, en que las cigüeñas vienen de París o en el Ratoncito Pérez traguen con el dato. Si no, si pertenecen al grupo de escépticos que tomamos estas cosas casi a broma, dupliquen o tripliquen esa cifra y estarán más cerca de la realidad. A las tarifas publicitarias actuales pensar que un partido cualquiera de los llamados de gobierno va a gastar, como se dijo, 200.000 euros, no tiene muchos visos de credibilidad. Sólo algo tan sencillo como que un ciudadano -y eso se considera vital a la hora de buscar el apoyo electoral- reciba un sobre en su domicilio con el voto preparado para llevarlo directamente a la urna cuesta una pasta (cerca de 50.000 euros). Pues bien, si suman a todo eso cuñas publicitarias, carteles, folletos o vallas distribuidas por toda la geografía tendrán una ingente cantidad de dinero gastada antes de empezar. Y a eso, no lo olviden, hay que añadir la segunda parte que viene el día después. A nuestros ayuntamientos, el limpiar todos los carteles pegados fuera de los espacios reservados, o sea, casi todos, les representa un porcentaje importante de gastos en sus presupuestos. Por no hablar, claro está, de aquellos desaprensivos que ya ni siquiera los utilizan, puesto que, spray en mano, se dedican a embadurnar las paredes de cualquier calle porque la cosa no da ni para papel. En definitiva, háganme caso y comencemos una campaña porque la campaña dure una sola semana cada cuatro años. El lema podría ser algo así como: 'Ahorraremos todos' (y los partidos más, créanme).

Ahora bien, se dijo que un buen sustitutivo para todo este dispendio sería internet. Recuerdo que en su primera época, casi cuando era un medio incipiente, sus apólogos auguraban que las campañas en un futuro serían virtuales. O sea, que toda la información electoral estaría concentrada en el ciberespacio y a disposición del ciudadano con un golpe de ratón. Cosa que, sin duda, sería limpia, barata y eficiente a más no poder hasta hacer de las mismas casi un ideal de información hacia el electorado. Sin embargo, ya ven, la realidad nos dice que éste ha sido tomado como un medio más y no ha sustituido nada. ¿Creen ustedes acaso que algún grupo político arriesgaría sus elecciones apostando sólo por internet? Pues no, y si miran las web de los partidos están concebidas para que el votante pueda interactuar con el candidato/a de manera fácil. Esto es, pidiéndole opiniones, sugerencias, consejo En resumen, un método perfecto para eso que tanto gusta y se ha dado en llamar pomposamente participación ciudadana. Pero, claro, de ahí a que los que las dirigen consideren que el ciudadano va a decidir su voto únicamente por la información recibida por esta vía, va un trecho largo. Muy largo diría yo...

 
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