Durante días he estado rumiando la posibilidad de participar con un pequeño escrito en esta sección a causa de un leve contratiempo que sufrí la semana pasada y que, en su momento, consideré no sólo triste sino ofensivo y exasperante. Pero hoy, ciertas circunstancias sobrevenidas me han espoleado la fibra solidaria, desbancando así a mi anterior indignación. Por eso, decido escribir a ese competidor y rival que a pesar de los pesares no deja de ser compañero: tú, colega opositor.
Tras largos años de estudio y preparación universitaria, eternas horas en academias de idiomas y demás cursos en busca de la preparación perfecta, muchos no hemos encontrado más salida que la de opositar, pues, tal y como están las cosas, ya se sabe, siempre hay que optar por el mal menor. Tras innumerables velas encendidas a San 0,5, (que es lo que nos faltaba para aprobar una asignatura), terminamos la carrera y creímos que se acababa la penitencia, pero, pobres ilusos, la vigilia no había hecho más que comenzar. Seguimos estudiando y lidiando con exámenes, tests y sobredosis de café, preámbulo de una inevitable úlcera de estómago, con el fin de conseguir un digno puesto de trabajo que nos brinde un mínimo de estabilidad. Por eso, y al más puro estilo Coca-Cola, escribo a todos los que viajamos en el mismo carro: los que estudian más y los que lo hacen menos; los que han aprobado y los que no; los que han entrado en 'bolsa' y los que se han quedado fuera, pues, aunque los obstáculos sean muchos, sólo nos queda sacar a esa Carmen Maura que llevamos dentro y recordarnos a nosotros mismos: «Nene, tú vales mucho».