LA victoria de Nicolas Sarkozy en las presidenciales francesas, con una diferencia de siete puntos sobre Ségolène Royal, señala de manera inequívoca la preferencia mayoritaria en el país vecino respecto a la orientación que han de adoptar los cambios que requiere Francia. Una orientación que podrá ser en todo caso ratificada o matizada en las elecciones legislativas previstas para el próximo mes de junio. Será también en estos comicios cuando se compruebe si el acceso de Sarkozy a la presidencia de la República representa no sólo un liderazgo que arrastre tras de sí al centro-derecha francés y asegure la continuidad de su mayoría parlamentaria, sino capaz de pasar página respecto a la tradición conservadora que en los últimos años ha encarnado Jacques Chirac. Para ello Sarkozy parte con una doble ventaja: la amplia diferencia que sacó ayer a la candidata de la izquierda y que lo lograra, además, desde una interpretación personalísima de una derecha «desacomplejada». Por su parte, la derrota de Royal -que se situó por debajo del resultado obtenido por Lionel Jospin en 1995- constituye un trance complicado para el PSF y en general para la izquierda francesa. Los socialistas franceses deberán demostrar en el plazo de unas horas que son capaces de metabolizar el escrutinio y que están en condiciones de emplazar a la derecha a un nuevo pulso el mes que viene. Algo que no les resultará nada sencillo, habida cuenta de que la división y la contestación interna a su candidata a la presidencia condicionaron desde un principio las aspiraciones de ésta. La liza final entre Sarkozy y Royal y el veredicto de las urnas subrayaron también todas las incógnitas que ya se habían apuntado sobre la verdadera naturaleza, social y política, del centrismo en Francia y sobre las posibilidades reales de que la opción Bayrou acabe corrigiendo en las legislativas el bipartidismo que se manifestó ayer.
Sarkozy anunció ayer el «regreso de Francia a Europa». Una declaración de intenciones que ha debido alegrar no sólo a las formaciones afines de otros países europeos sino a todas las fuerzas que coinciden en la necesidad de dar un mayor impulso a la Unión. Francia afronta los retos que impone la globalización lastrada por una deuda pública creciente, un sector público omnipresente y sobredimensionado y una sociedad predispuesta a sortear las dificultades contando siempre con la providencial ayuda del Estado. Pero los franceses no pueden posponer por más tiempo su propia toma de decisiones frente a un mundo en continuo cambio, extraordinariamente competitivo y por ello mismo inestable. Las certidumbres que han venido procurando la cobertura social y la capacidad financiera de las instituciones de la República hace tiempo que dejaron de ser tales. La liberalización de la economía francesa y su mayor apertura a los mercados exteriores constituye tanto un propósito de Nicolas Sarkozy como una necesidad inaplazable para Francia.