Miércoles, 9 de mayo de 2007
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AL AIRE
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EN aquella tertulia abundaban los intelectuales, o si no díganme ustedes si es normal que se profirieran comentarios como los que seguidamente les transcribo a propósito de un asunto tan vulgar como la televisión. Al principio, la cosa transcurría por la trillada senda de criticar la denominada tele-basura, amén de la excesiva publicidad, esa auténtica mosca cojonera interruptora de los pocos programas y películas que merecen la pena. La solución para atajar la primera fue propuesta por el existencialista Fredo Kierkagar: «Basta con tirar de la cadena».

Mientras que el remedio para hacer bueno el utópico lema de que 'donde no hay publicidad, resplandece la verdad', se les antojó mucho más complicado a los tertulianos, que tuvieron en consideración los sustanciosos beneficios que proporciona a las grandes cadenas, hasta el punto de que les compensan de las multas generadas por la aplicación de la normativa comunitaria en materia de saturación publicitaria. Sibila, la bruja del Natahoyo, auguró al respecto: «Será una cadena perpetua».

Así las cosas, llególe el turno al omnipresente Casacites:

«La solución es perfecta. Pulsamos un par de teclas, uno de esos menudos ajustes mecánicos que los monos evolucionados ejecutamos con habilidad, te arrellanas y vacías la mente de todo pensamiento. No hace falta concentrarse, ni reaccionar, ni recordar. No notas la falta de cerebro porque, total, no te sirve para nada. Tu corazón, tu hígado y tus pulmones siguen funcionando normalmente. Aparte de esto, todo es paz y tranquilidad. Estás en el nirvana budista».

«Lo sé», apostilló el redundante pensador confucionista Ya-Lo-Tsé. A continuación, intervino el siquiatra nipón Sukoko Taduro:

«La televisión es utilizada primorosamente como un método bien definido para un placentero lavado de cerebro: proporciona una higiene mental, es automedicación. El medio 'cero' es la única forma universal e eficiente de sicoterapia».

La carne de Casacietes volvió a hacerse verbo para poner el colofón:

«Siempre nos queda la solución aportada por Groucho Marx, que encontraba la televisión muy educativa, puesto que cada vez que alguien la encendía, él se retiraba a otra habitación y se ponía a leer un libro».

 
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