«Tras una campaña muy dura, me he tomado 48 horas de descanso y reflexión con mi familia. No pienso pedir excusas. He dicho y diré siempre la verdad. Mis vacaciones no han costado ni un euro a los contribuyentes », así respondía Nicolas Sarkozy a quienes, desde la izquierda y la extrema izquierda, habían criticado con virulencia su reposo en el Mediterráneo, en torno a las costas de Malta, en el yate de un gran empresario amigo. Tras su victoria del domingo, Sarkozy decidió aceptar la invitación de Vincent Bolloré, un afortunado magnate, viejo amigo personal, que puso a su disposición un avión y un yate, durante dos días, en el Mediterráneo.
Casi en mismo instante de la llegada de los Sarkozy a Malta, la prensa gráfica se lanzó a la caza y captura de las primeras imágenes, que pronto se dieron a conocer en las cadenas de información permanente. Un yate importante, y, muy a lo lejos, diminutas figuras de Sarkozy y Cecilia. Imágenes que pronto fueron denunciadas a coro como un símbolo de soberbia, riqueza desmesurada, ostentación fuera de lugar, e intimidad inquietante entre el poder político supremo y el poder del dinero. Sarkozy vuelve hoy a la dura faena de la formación de su primer Gobierno. Ayer decidió responder, denunciando una cierta hipocresía: «Bolloré jamás ha tenido negocios con el Estado. Ni yo debo excusarme por ser su amigo. Francia necesitaría muchos hombres como él».