Si un libro siempre es una patria posible, una estantería puede ser el mundo entero, una colección de destinos encuadernados al alcance de los ojos. Conchita Quirós adquirió por su cuenta esa certeza y heredó de su padre la librería Cervantes, de Oviedo. Al mezclar los dos ingredientes, transformó un negocio familiar en un ejemplo de adaptación al implacable negocio de la letra impresa. Ha pasado cincuenta años en él y, arrellanada en la butaca de la memoria da con una frase para resumirlos: «Aquí están mi vida, mis amigos, mis amores y también mis decepciones».
Cervantes no parece un lugar comercial. Es una institución de Oviedo, una referencia de la ciudad, un centro cultural y un lugar de encuentro que ha desarrollado la idea del Foro Abierto, un reclamo para presentaciones, charlas, exposiciones y otras varietés de la vida artística. Todo eso nació al estilo de las leyendas de los hombres hechos a sí mismos, a la manera de Bill Gates recordándose a sí mismo como un jovencito entregado a una idea que dormía en un garaje y se desayunaba con una pizza recalentada de la noche anterior. Los inicios de Alfredo Quirós resultaron más cercanos a lo convencional en una capital de provincias de los años 20 y no engendraron una empresa del tamaño de un estado mediano, pero la chispa emprendedora prendió en la familia. El local original, de cien metros cuadrados y atendido por cuatro empleados, renació después en un semisótano y se ha convertido en un espacio de 1.200 metros cuadrados que da empleo a 30 personas.
Las estanterías han sobrevivido a la dictadura de Primo de Rivera, a la República, la guerra civil y los cuarenta años de suspicacias franquistas hacia la cultura. Y lo mejor, dice Conchita, es que han enriquecido su oferta con volúmenes que cuentan todos esos avatares del país. Ella reparó por primera vez en el poder de las librerías para resistir de pie los volantazos más bruscos de la Historia al visitar la tienda de un colega en Lisboa. En la pared, una placa alardeaba de esa capacidad, y a la librera le parece una misión, o acaso un legado, que justifica toda una vida de dedicación.
Fue una exploradora que se aventuró en la universidad machista de los primeros cincuenta, un ambiente en el que la mujer era una rareza biológica. Se doctoró en Filosofía y Letras y no tardó en incorporarse a la librería. Y así, marcando libros, aconsejando a los clientes y organizando escaparates se han ido cincuenta años «en un vuelo». Por sus manos ha pasado medio siglo de la producción editorial en España, un rótulo que suena a antología con pretensiones, pero que, mirado día a día, sólo es el resultado de esfuerzos humildes por acomodar las novedades en el mejor lugar posible.
Tercera generación
De aquellos primeros tiempos quedan el espíritu, la pasión de la novela como fuente de vida y aventura -«soy una vieja rara que no presume de releer ni de dedicarse sólo a los ensayos», asegura- y la satisfacción del regreso de lectores agradecidos en busca de nuevas provisiones de buenas historias. Todo lo demás ha cambiado. Existe un desafío en interesar por los libros a las generaciones del mp3 y la playstation, algo que a Quirós le parece estimulante. Cervantes da la batalla en internet porque su sobrino, el heredero que un día representará a la tercera generación de la familia detrás del mostrador, ha dirigido una puesta al día en tecnologías con la esperanza de que la tinta sea indeleble en cualquier soporte. POR RAÚL ÁLVAREZ