Como para confirmar el ojo clínico que siempre ha caracterizado a la crítica en el vaticinio del éxito, ha bastado que aquí se elogie a 'Lluvia de estrellas' para que el programa empiece a perder audiencia. Hay que decir, no obstante, que no faltan razones para la deserción. La otra noche, por ejemplo, participaba una joven que imitaba a Shakira, la hembra del vientre mecánico. Cada cual, obvio es, puede tener los gustos que considere oportuno, puede disfrutar con la música de Shakira e incluso -incluso- puede considerarla una mujer extraordinariamente atractiva.
Lo que no puede ser, porque es imposible, es escuchar a la joven que imitaba a Shakira y no sentir un inmediato deseo de cerrarle la boca. Porque la chica copiaba bien sus movimientos, despiezaba la cadera triplemente articulada como ella, propulsaba como ella el poderoso resorte abdominal, abría el pecho con ese inconfundible ademán aprendido de 'Afrodita A' (la novia de 'Mazinger Z'), pero, hombre, Shakira no desafina, no desentona, guarda en sus cuerdas vocales un último resto de melodía que el oído recibe sin disgusto, mientras que la imitadora tenía «poquita voz, pero desagradable», como dijo un viejo conocido mío cuando escuchó a Massiel por primera vez.
Una chica así puede participar sin desdoro en un concurso de baile, pero en uno de canto tiene tantas oportunidades como este servidor en una competición de culturismo. Y sin embargo, allí estaba el jurado dorándole la píldora, dispuesto a saludar con cortesía japonesa el destrozo melódico. Eso, ya digo, es lo que no puede ser. El viejo 'Lluvia de estrellas', el de Antena 3, garantizaba casi siempre una calidad excelente en los intérpretes, que, además de ser buenos imitadores, tenían talentos propios.
También en esta versión los hay muy buenos, pero lo que hay que exigir es que la excelencia sea general. Si el nivel baja en eso, que es lo único que justifica el programa, el espectáculo pierde sustancia. Se irá pareciendo poco a poco a esos karaokes de 'casting' para 'OT triunfo' donde los jóvenes españoles demuestran hasta qué punto el sentido del ridículo ya no es un lastre para la nación. Cuando uno canta así, es inevitable que llueva. Y no precisamente estrellas.