Lunes, 14 de mayo de 2007
Registro Hemeroteca

en

DEPORTES

Motor
Tres mil caballos de rabia
La jugarreta de Massa sobre Alonso dejó helados a los aficionados que, pese a todo, rugieron con la misma intensidad que los motores
Tres mil caballos  de rabia
ENTREGA ABSOLUTA. El bólido de Alonso pasa ante la grada de 'su' afición. / EFE
Imprimir noticiaImprimirEnviar noticiaEnviar

Publicidad

Tito, como se hace llamar, ha cambiado la 'pelouse', la zona sin localidad fija, detrás de la curva New Holland, por un asiento en la tribuna N. Al igual que muchos otros, es un fanático de Alonso. «Con quién voy a ir. Con el mejor». Su pasión por Alonso le ha llevado ya por medio mundo, siempre acompañado por un grupo de amigos engalanados con camisetas y gorras de McLaren, como él.

A su lado, Pedro, el más veterano. Él, como otros, fue víctima de los cuellos de botella que asolaron las arterias a lo largo de Barcelona y Montmeló, víctimas de un parámetro inquietante: 26.000 vehículos. «Tengo 44 años y siempre he seguido la F-1. Desde antes de Alonso. Mi pasión va más allá del 'circo'. Me gusta el motor», explica.

Nada es gratuito en un circo de vanidades. «Esto es como la ópera. Si quisiera asistir a una buena representación, pagaría una buena cantidad sin rechistar. ¿Por qué no en la F-1», apunta Pedro. 145.000 personas abarrotaron un Montmeló repleto de excesos. Todo se magnifica, con precios imposibles que algunos están dispuestos a abonar, como es el caso de Juan, autónomo, que ha viajado con Marcos, su hijo. «La madre se ha quedado en casa -asegura-. Ella nunca se gastaría este 'pastón'».

Como el sol aprieta, se compra dos gorras con el logotipo de McLaren, a razón de 30 euros, y dos camisetas, a 42 euros cada una. Lejos del lujo, se disponen a subir a sus asientos y se avituallan con dos bocadillos (8 euros cada uno) y otros tantos refrescos (4 euros).

Se empieza a escuchar a los gaiteros entonar el himno asturiano. Es la señal. Vuelta de reconocimiento y todos en posición. Semáforos rojos, se dispara la tensión y Juanjo salta de su asiento, un trozo de plástico a simple vista incómodo. «Ya verás qué salida. Se va a comer al brasileño», grita en una guerra perdida contra el ruido. «¿Se han pegado, se han pegado en la primera curva! ¿Massa se la ha jugado!», dice un joven que permanece con una oreja puesta en la conversación y la otra en la retransmisión de la carrera.

«¿Dónde está?»

La espera se hace eterna -«¿dónde está?»-, pero no lo es. Apenas un minuto escaso en ese punto del trazado. «Ha tenido un par de El riesgo siempre tiene un precio y, en este caso, le ha salido mal. Bueno, regular porque podría haberse quedado fuera al pisar la arena», se consuela Juanjo, inquieto e indignado, con mochila, botella de agua y un pañuelo en la cabeza.

Las banderas ondean, las gorras se agitan. Nadie pierde de vista la pantalla instalada a unos metros -una de las 26 repartidas por el circuito-. Cada exclamación de los aficionados asturianos, unos 3.000, mayoritariamente ubicados entre las curvas Wurth y Campsa, estremece la piel. Cada ovación al paso firme del McLaren parece darle más fuerza. Pero el MP4/22 no va bien. «Fíjate en los bajos. Se ha desprendido algo, seguro», señala Francisco, de pie y con gesto contrariado.

Cansados en sus localidades, con mucho sueño a sus espaldas, viendo cómo su ídolo no avanza, pero revolucionados cuando el número 1 aparece por la curva. El madrugón ha sido de aúpa. Pero todo es poco. A las siete, todos en pie. Desayuno apresurado y al autocar. La mareona se agolpaba a las puertas del circuito a las nueve. Como buenos soldados, con sus mejores galas: banderas, camisetas, gorras y mucha ilusión.

Los bólidos rodando y los motores, sumados a los bocinazos, hacen el ambiente ensordecedor. «Soy de Alonso y siempre lo seré», proclama Iván, que se ha venido con la casa a cuestas: nevera, sombrilla, bronceador, toalla.... Una sentencia generosamente repetida entre los que visten de azul, gris, blanco y rojo. «Tenía que intentarlo y lo ha hecho. Pero se ve que McLaren no ha acortado distancias. Ferrari está aún un paso por delante», se justifica Nicolás.

Todo está preparado para un Fernando que pague su deuda con un público entregado, pero, lamentablemente, Massa y Hamilton, especialmente el brasileño, se han saltado el protocolo. Habituado a descorchar botellas, ayer no pudo hacerlo. Cruzó la meta y saludó al público en una lenta y emotiva vuelta de honor ante la parroquia asturiana. «Qué pena, ¿no? Fernando ha apostado ganador y ha perdido. Sin más».

ENVIADO ESPECIAL

 
Vocento

Contactar | Mapa web | Aviso legal | Política de privacidad | Publicidad | Master El Correo


Canales RSS