AUNQUE lo que más florece en este mes de mayo electoral sean las mentiras de los políticos, también lo hacen con intensidad esos cardos borriqueros en forma de definiciones paridas por el caletre del personaje que se oculta de acreedores y lexicógrafos tras el apodo Dascoíte. Las ofrece como primicia en esta esquina del periódico, para luego incorporarlas a esa obra suya que no cesa, titulada 'Diccionario del disparate'. He aquí la transcripción de las últimas:
Agnóstico: en el diccionario de mi colega y paisano Víctor García de la Concha se denomina así al que profesa una doctrina filosófica que declara inaccesible al entendimiento toda noción de lo absoluto, de Dios y sus atritubos, y reduce la ciencia al conocimiento fenomenológico y relativo.
Pues bien, en la filosófica Escuela Peripatética de Caleya milita un pensador existencialista llamado Fredo Kierkagar al que al algunos colegas consideran paradigma del agnosticismo. Suya es, por ejemplo, esta reflexión:
«En el utópico supuesto de que existiera un Sumo Hacedor, no albergo duda alguna de que sería incapaz de creer en sí mismo a poco que tirara de razón». Diré finalmente que en las obras de Kierkagar están rigurosamente prohibidas las fe de erratas.
Calaveras: aunque la que sostiene Hamlet en su monólogo de «ser o no ser» es muy famosa, mucho más lo son las tres que llevó Cristóbal Colón en su primer viaje a América.
Ganso: ave palmípeda que hace menos veces gala de su condición que los bípedos implumes llamados humanos.
Mente: suele ir ligada al prefijo -de en muchas más ocasiones de las que a simple vista parece.
Mosqueado: lo estoy con esas moscas tan listas que se posan sobre el matamoscas.
Rubicundo: pequeño río italiano que Julio César hizo pasar a la posteridad cuando lo cruzó con sus tropas para enfrentarse a Pompeyo y pronunció al hacerlo una frase no menos famosa: «Hale, ya ta, eh».
Solfeo: lunaguapa.
Sombra: lo que queda de la ética en la política.
Sonrisa: si un político sonríe francamente cuando las cosas van mal, eso no es porque tenga sangre fría, sino porque, simplemente, ya sabe a quién echarle la culpa.
Zumo: pontífice.