Tras dos años de infructuosa presencia en el río persiguiendo al rey, Adrián Carrera Prieto, de 17 años, vecino de Nueva, pescó el pasado sábado el primer salmón de su vida. Aquel pez, que había conseguido superar las frías aguas del océano, tiene ahora prendido de su cola un precinto de plástico con el número 1.672. El ejemplar, capturado en el pozo de La Uña, del río Sella, pesó 4,2 kilos y para el chaval representa una tonelada de ilusiones porque se declara «fanático pescador».
Fue su padre, Felipe Carrera, quien le introdujo el 'veneno' por la caña, el carrete y el sedal, tanto en la modalidad de río como desde los cortados acantilados de la costa llanisca. De hecho, el progenitor asegura que su hijo ya acudía al río «desde antes de que le salieran los dientes», aunque el rapaz corrige y puntualiza al explicar que se hizo «pescador de trucha a los cuatro años y acudo al mar desde los seis».
Hasta ahora, sus mejores hazañas con una vara en la mano habían tenido como escenario las rocas de la playa de Cuevas del Mar y los cantiles de Villanueva y Llames de Pría. Y como mejores gestas recuerda haber llenado el cesto «con una docena de xáragos y tres o cuatro lubinas». Entre los ríos de la comarca prefiere «el Casaño», en Cabrales, por tratarse de un cauce «con truchas muy buenas y fácil de pescar».
El exitoso lance del sábado en La Uña ocurrió a las once y media de la mañana. Adrián se encontraba solo y apenas invirtió «media hora» en echar el pez a tierra. En el anzuelo había colocado cebo natural, tomando como base «una quisquilla y un meruco».
Al joven le costaba explicar con claridad cómo había embaucado al pez. Permanecía aturdido y rodeado por sus vecinos de Nueva, en una mañana en la que la localidad se encontraba desbordada de gente por coincidir la fecha con la del mercado semanal. Varias veces tuvo que repetir que «sentí la picada y lo clavé». En realidad, no tenía la certeza de haber prendido el salmón porque el sedal transmitía el mismo movimiento que «cuando el plomo golpea en las rocas del fondo». Entonces «apreté el carrete y comprobé que el pez pegaba una fuerte arrancada». Ya no le quedaban dudas: «Había enganchado el primer salmón de mi vida».
La primera reacción con el pez sobre la verde pradería fue avisar a su padre a través del móvil. Éste se desplazó hasta la orilla del río y como dos amigos se encaminaron al centro de precintaje de Arriondas. No regresaron al Sella, sino que tomaron la carretera para presentarse en el pueblo con el codiciado botín. Eso sí, el primer salmón de Adrián se va a comer en el marco familiar.