Un infarto sufrido hace seis meses había dejado su corazón severamente dañado. Con una capacidad cardiaca de apenas un 30%, un enfermo coronario de 60 años se ha convertido en el primer asturiano en recibir en el Hospital Central un trasplante de células madre con el que se busca regenerar su dañado corazón.
La operación, o mejor dicho la técnica, fue aplicada el pasado 27 de abril, dirigida por el Área Clínica del Corazón del Central y en la que también participaron los servicios de inmunología y hematología del hospital, la coordinación de trasplantes y la unidad de trasplantes cardiacos del complejo sanitario. El paciente, al que se le infundieron entre 20 y 30 millones de células madre extraídas de su propia médula ósea, se encuentra ya en casa (apenas permaneció ingresado 48 horas) y «evoluciona favorablemente».
Con este método pionero, que también ensayan con éxito hospitales de Córdoba, Granada, Madrid y Valladolid, el Central se suma a una nueva línea de investigación que intenta determinar si las células madre adultas son capaces de regenerar zonas del corazón que se encontraban 'sin vida' tras haber sufrido un infarto. Hasta el momento, según explicó ayer el coordinador del Área del Corazón, el doctor César Morís de la Tassa, se creía que el músculo cardiaco «no tenía capacidad de regenerarse» tras un infarto, un hecho que técnicas como las ensayadas desde finales de abril por el Central ponen en duda.
Las nuevas teorías invitan a pensar que el material celular extraído de la médula ósea del paciente podría reconvertirse, una vez depositado en el corazón, en células del miocardio y devolver así la función cardiaca perdida. Precisamente, un estudio que acaba de presentar el Hospital Reina Sofía, de Córdoba, en el que se comparan los resultados clínicos de 30 enfermos infartados (10 a los que se les infundieron células madre, otros 10 que recibieron un estimulante celular y otra decena sin tratamiento alguno) concluye que son los pacientes sometidos a un trasplante de células madre los que muestran una mejoría cardiaca mayor al cabo de seis meses.
El Hospital Central de Asturias tiene previsto llevar a cabo un total de doce trasplantes celulares a lo largo de este año. Para poder iniciar este ensayo clínico fue necesario someter el proyecto a la aprobación del Comité de Ética del hospital, además de la Comisión de Ensayos Clínicos del Principado y de la Agencia Española del Medicamento.
Pocos pacientes
Los seleccionados, «un reducido grupo de pacientes», insiste en precisar el doctor Morís, son personas que han sufrido un infarto extensivo hace al menos seis meses y que tienen una mala evolución de la enfermedad. La mayoría tiene más de 50 años y una mala calidad de vida, ya que cargan con un corazón cicatrizado y, por tanto, con escasa capacidad. Un factor determinante para seleccionar a los pacientes es su función cardiaca: debe estar como mínimo un 50% por debajo de la capacidad normal. Un corazón sano muestra generalmente una fracción de eyección (contracción del músculo) de un 70%. Los seleccionados no pueden superar el 35%. De ahí, que «sólo unos pocos enfermos sean idóneos para los ensayos».
La evolución del paciente es seguida por la Unidad de Trasplantes Cardiacos, que dirige la cardióloga Beatriz Díaz Molina. De no mediar obstáculos, el próximo trasplante celular tendrá lugar este viernes o el siguiente a más tardar, señalaron fuentes sanitarias. Antes de proceder a implantar las células, el enfermo es sometido a una resonancia y una ecocardiografía con las que se delimita, con la mayor precisión posible, la zona dañada.
Lo cierto es que el tratamiento no exige una gran cirugía. Tampoco de hospitalización, aunque «en estos primeros casos y, por prevención, preferimos que el enfermo permanezca ingresado 48 horas», explicó Morís. Ayudados por la anestesia local, los médicos extraen al paciente unos 30 centímetros de médula ósea de la zona de la cadera (en la cresta ilíaca). A través de un proceso de separación que se lleva a cabo en laboratorio se retiran de ese trocito de médula entre 20 y 30 millones de células madre, que son las que se infunden apenas dos horas después en el corazón dañado.
A través de un catéter -un tubo flexible y delgado-, que se introduce por la ingle del enfermo, las células son transportadas hasta la aorta. Allí son depositadas sobre el área lesionada, donde se confía en que poco a poco se reconviertan y se adapten a su nueva función. El trasplante celular pretende devolver la capacidad cardiaca a aquella zona del corazón que ha dejado de funcionar tras un infarto. Al parecer, las células extraídas de la médula ósea contribuyen a la recuperación del músculo cardiaco (el cardiomiocito).
El citado tratamiento podría convertirse en el futuro en una alternativa viable al trasplante de corazón, para la que cada vez hay menos donantes. La terapia, aún en fase clínica, podría devolver la esperanza a cientos de personas infartadas, que suman mil nuevos casos cada año en Asturias.