Hace cinco años el entonces fiscal general John Ashcroft interrumpió su gira por Rusia para contar al mundo que había desmantelado un nuevo atentado terrorista que iba a hacer explotar una 'bomba sucia'con materiales radioactivos. La presa era el chicano José Padilla, que ha pasado todo este tiempo encerrado en una base naval como el único 'combatiente enemigo' de nacionalidad estadounidense capturado en la guerra contra el terrorismo. Ayer, al comenzar por fin el juicio, los cargos distaban mucho de aquellas dramáticas acusaciones de Ashcroft.
Ni una palabra de la bomba nuclear que iba a detonar. Nada de estar en la «primera fila» del embate terrorista. Padilla, cuya salud mental ha quedado debilitada por los años de confinamiento en solitario y lo que sus abogados califican de torturas, ya ni siquiera es un 'combatiente enemigo', término acuñado por el Gobierno Bush que crea prisioneros sin derechos. A Padilla sólo se le acusa de ser «miembro de una organización secreta, una célula de apoyo terrorista con base en el sur de Florida», y de haber «dado pasos concretos para promover la violencia», dijo al jurado Brian Frazier, asistente del fiscal, al abrir el juicio. Cargos muy serios que pueden acarrear cadena perpetua pero muy lejos de las acusaciones iniciales.
Conversión al islam
El mero hecho de que Padilla, un hispano que era miembro de bandas callejeras en Chicago hasta que se convirtió al islam, se defienda frente a civiles en lugar de un tribunal militar ya supone una victoria. Sus abogados tuvieron que llevar el caso hasta el Supremo, y sólo ante la perspectiva de perder en la más alta esfera el Gobierno cambió de estrategia y sumó su juicio al de otros dos acusados de la supuesta célula terrorista.
Gracias a eso fue trasladado a una prisión civil y su juicio se celebra en Miami, con su madre dispuesta a pasar los próximos cuatro meses sentada en la sala. La prueba más rotunda que el fiscal dice disponer consiste en un formulario para asistir a un campo de entrenamiento de Al-Qaida en Afganistán, rellenado en el año 2000 por Padilla, que según la defensa dejó allí sus huellas dactilares. Con ello proveía a la red de Bin Laden con el máximo apoyo, «su propia vida», sermoneó la Fiscalía.
Su caso es emblemático porque gracias a él el Gobierno Bush ha tenido que limitar a extranjeros la aplicación de las leyes patrias que le permite ejercer detenciones arbitrarias e ilimitadas sin cargos. Pero incluso si supera con éxito la prueba judicial de los próximos meses, muchos dudan de que Padilla, que fue detenido con 31 años y ya tiene 36, pueda volver a llevar una vida normal.