Caben muchas copas en veinte años de barra y madrugada, pero lo que enorgullece a César Loredo no es el número de los clientes que han pasado por su pub en Pola de Siero, sino su integración en la vida ciudadana. El local es la sede social la asociación Picu Fariu y de la Xunta pola Defensa de la Llingua, organiza presentaciones de libros y apadrina encuentros literarios. Los años en que Pola hervía con una movida alimentada por autobuses llegados de Oviedo y Gijón, han quedado atrás, pero el 'Abre César', con su broma romanizante en el nombre y su rock irrenunciable en el ambiente, sigue adelante. Ya estaba allí cuando empezó la moda y nunca consideró la idea de hundirse con ella. Más que romanos, sus habituales parecen lo contrario: vecinos de la aldea de Asterix que resisten ahora y siempre al invasor, ese supermercado del ocio que compra almas a cambio de un antídoto contra el tedio de una tarde de domingo.
No hace falta ser de Pola, ni siquiera ser de Siero, para haber disfrutado de la hospitalidad de César. Como sucedía en el Rick's de 'Casablanca', todo el mundo va al Abre. Si hasta Juan Cueto se ha acodado en una mesa para elogiar un ensayo. Pídanle una cerveza a César, que no es el tipo de dueño que nunca aparece por el bar, pero no le pregunten cómo ha conseguido esa popularidad. Nunca se lo propuso. A principios de 1988, después de siete años como empleado en la hostelería, decidió que había llegado su momento. Enroló a su familia para las obras y empezó a sacar partido de su inclinación natural a vivir la noche.
La media luz de un bar de copas ayuda a observar cómo evoluciona un pueblo. Pola, en realidad, ha dejado de ser un pueblo. Está demasiado cerca de las grandes ciudades para eludir los zarpazos del ladrillo, y bien qué les pesa a los hosteleros. Cada euro destinado a una hipoteca reduce el presupuesto para las escapadas nocturnas. Han florecido y se han marchitado estilos de vestir, fiebres musicales y modas de consumo. César recuerda el final de los ochenta, cuando el Abre era un reducto rockabilly donde el tupé y la charla enterada eran de obligado cumplimiento. Hoy, el lugar es más variado. Algunos clientes han cumplido años con el bar, donde conviven y chicos de veintipocos con cincuentones al pie del cañón.
Durante mucho tiempo, hizo un rasgo distintivo de la música en directo, pero el proyecto se fue al garete el día que se inventó la Champions League. Los conciertos eran la oferta habitual de los miércoles y las guitarras resultaron más débiles que el balón. De esa época, César recuerda la doble moral de algunos amigos, que exigían que mantuviera la pureza contracultural del rock sin degradar el pub con la mancha de una televisión. Una noche de calma chicha en la que aprovechó la falta de trabajo para escaparse a comer un bocata los encontró a todos agrupados delante de un aparato que emitía las aventuras del Real Madrid.
Dice César que los gustos se han mantenido en estos años. Es posible que la cerveza haya ganado partidarios a costa de las copas, pero no se apostaría el bar por defender esa impresión. Los horarios de cierre implantados hace un año y medio tampoco han revolucionado las costumbres. Al inventor del Abre le gustaría que la noche de Pola cogiera vuelo de nuevo, aunque no de la forma «antinatural» que añoran algunos compañeros de profesión. «Nunca entendí que los currantes salieran hasta las tantas un domingo», alega. El Abre, en todo caso, marcha. Se ha ganado la categoría de clásico, y los clásicos siempre marcan el camino. POR RAÚL ÁLVAREZ