la diáspora BELÉN BRAVO BÉLGICA Que Europa ha pasado de ser un continente que para los asturianos quedaba al otro lado de los Pirineos -a no ser que se fuera a la vendimia o a ofertar mano de obra barata-, lo demuestra la biografía de Belén Bravo (Langreo, 1977), quien ayer lunes regresaba a su puesto de trabajo en Lieja (Bélgica) tras haber asistido en Marsella (Francia) a la boda de un par de amigos, un español y una chica de la tierra de Napoleón.
Ingeniera superior industrial y especializada en la rama química trabaja en una planta de Arcelor en la ciudad belga de Lieja. Pertenece a la categoría que podríamos llamar 'asturianos sin fronteras', que a su juicio son abundantes y «no responden a ninguna leyenda urbana».
De hecho, «sólo dos amigos de cuantos estudiaron en mi época, encontraron trabajo en Asturias, después de buscarlo durante cuatro o cinco años». La frase normal que emplean entre ellos es «¿dónde estás?». Todo un signo de su dispersión geográfica.
Tampoco alberga dudas acerca del motivo por el cual titulados en ingeniería u otras licenciaturas similares no encajan su destino profesional en el Principado. La causa, argumenta Belén, es que «se carece de una política industrial». Y un motivo añadido, en su opinión, son «los bajos salarios».
De las elecciones asturianas dice que se enteró «porque vino Areces a Lieja para celebrar una espicha», afirmación en la que incluye una clara carga de sorna.
Además, asegura seguir con mayor interés los procesos electorales que se han sucedido en Francia o en la nación que la acoge. «De España y de Asturias, sólo nos enteramos por internet», explica Belén Bravo. En cualquier caso, votará personalmente en la urna que le corresponda en los próximos comicios, pues por esas fechas estará en su Langreo natal.
Belén no oculta sus preferencias en cuestión de política. Hija de un ex concejal de Izquierda Unida, admite que «lo mamé y eso marca una orientación». A su juicio, «la izquierda es la que puede invertir las consecuencias de la globalización y sus partes oscuras». «La vida de las personas cada vez vale menos y comenzamos a verle las orejas al lobo», añade.
En definitiva, considera que «la izquierda nos proporciona a los jóvenes alguna esperanza» dentro del panorama político.
Aboga por «un giro completo», rechazando la extendida hipótesis de que vivimos en unas coordenadas mundiales de las que no se puede salir. «Habrá que organizarse de la manera que mejor se pueda», expone.
Para introducir un toque más general, compara la monarquía belga y la española, atribuyéndole a la primera «una mayor discreción en sus comparecencias públicas». O, dicho de otra manera, «una menor presencia en las revistas 'rosa'». Y debe ser que todavía queda un resto de los Pirineos entre uno y otro lado.