Martes, 15 de mayo de 2007
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POLÍTICA

PASABA POR ALLÍ
Pedir el voto
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Desde que soy un aprendiz de politólogo me siento rejuvenecer. El reporterismo, la calle, la vida que fluye Qué maravilla. A ustedes, a los lectores/electores, los partidos les piden el voto y para conseguirlo les prometen futuros resplandecientes, pero a mí, que tengo un poder mediático y una columna en las páginas políticas, me hacen una pelotilla sutil e inteligente y me explican los programas con todo detalle. Nunca he sido más feliz que ahora.

El PP y el PSOE han destinado dos competentes jovencitas de su aparato electoral para que me expliquen con detenimiento sus programas: «¿Mire, mire, don José, qué precioso trocito de autopista vamos a construir en el Oriente para que usted pueda viajar con toda comodidad a Santander!» Y me obsequian con estupendos regalos que saben que me gustan, porque el firmante tiene espíritu infantil: una visera, un silbato, un don Nicanor tocando el tambor.

Como padezco de fuertes ataques de lumbago y soy duro de oído, en los mítines se toman la molestia de colocarme en un precioso silloncito carmesí, al lado del orador de turno, y si no entiendo bien lo que dice ese señor que grita tanto alguien se lo advierte y el enardecido caballero vuelve a empezar hasta que este politólogo en ciernes, que sólo es un simple intermediario, un correveidile entre el que manda y el que obedece, capta el mensaje y está en disposición de arrimar el ascua a cualquiera de las sardinas disponibles.

Estoy encantado con mi poder mediático, porque un servidor, que siempre fui un don nadie, se ha convertido al fin -eso sí, sólo durante quince días- en un hombre importante, en un caballero imprescindible. Esto de contemplar las elecciones entre bastidores tiene su gracia y su grandeza y, sobre todo, qué gran poder es el cuarto poder.

El pedir el voto es un acto de humildad al que se tiene que someter el político en épocas de elecciones. Tiene que pedir, solicitar, rogar, seducir, ser simpático, lo que es muy duro para la gente soberbia. Eso de bajar a la arena y darle la mano a unas vendedoras del mercado que te miran con ironía y pueden decirte un exabrupto da terror a los padres de la patria. El pueblo, visto de cerca, impresiona; es como el mar, pero como un mar que puede cabrearse; un océano embravecido que puede hundirte, ahogarte o dejarte, abandonado, solo y sin pancarta, en una isla sin electores.

El voto se recolecta uno a uno, como la flor del azafrán, porque habita en todos los seres humanos sin excepción e, incluso los más bajitos y desfavorecidos, los más viejecitos y desamparados, llevan un voto dentro. Los poderosos vienen de los madriles para pedirnos el voto, para que les dejemos durante cuatro años nuestro minúsculo trocito de libertad. Llegan vestidos de trapillo, con el uniforme de pobre y te dicen sin ningún pudor: «¿Señorito, señorito, deme un voto, por caridad!». Y, para conseguirlo, sonríen a la cámara y señalan las vergüenzas y las manquedades del prójimo.

 
Vocento

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