Dicen los que han trabajado con él desde el principio que llegó al Ayuntamiento con fama de tener malas pulgas. Pero que hoy, 20 años después, siguen esperando que se altere o se enfade por algo. Y no será porque no ha participado en todo tipo de debates y enfrentamientos, de los que nunca ha huido. En muchas ocasiones, al contrario. «El urbanismo es siempre polémico», alega él.
Desde 1987, este licenciado en Geografía, nacido en Langreo, siempre envuelto en controversias sobre las que ha pasado con calma, con tabaco y un culín, aliñándolo todo con el sentido irónico que prima en su carácter, ha «soldado la ciudad». Y lo ha hecho tras sus gafas, sin corbata, sin mucho interés por salir en la foto, desde un despacho donde reina el desorden más ordenado, presidido por dos grandes fotografías de la playa de San Lorenzo. A Jesús Morales le tocó desarrollar el primer Plan de Ordenación Urbana de la democracia (aprobado en 1986), «el más polémico de todos», el que provocó la «bronca gorda», renovarlo luego en 1998 y adaptarlo a la Ley del Suelo regional en 2005. Decidió que Gijón tenía que contar con una «'constitución' urbanística» y, así, transformó El Llano (enseña periódicos de 1992 con imágenes de cómo era la zona), donde hizo su primera «cirugía urbanística». Y luego Moreda y Poniente y el Arbeyal... Y conservó Cimadevilla, donde vive, desde donde se mueve siempre a pie. Pensó que, antes de crecer, había que arreglar lo ya hecho y ocupar espacios sin uso, y eso es lo que pretendió hacer. Por eso, defiende que Gijón apenas ha crecido: sólo por Montevil al sur, y por Viesques al este.
Incluso planteó recortar algunas cosas: el polémico 'serruchazo', recuerda ahora, fue una idea de Rañada que a él le pareció bien. La «lanzó» y originó así un gran rechazo ciudadano. Pocos vieron con buenos ojos el planteamiento de Morales de quitar algunos pisos a varios edificios del entorno de la plaza del Marqués, por lo que, finalmente, nunca se llevó a cabo aquella iniciativa.
Y, aunque él defiende que el más polémico PGOU fue el primero, lo cierto es que el último fue el detonante de tres 'marchas verdes', con miles de personas en la calle protestando contra un plan que Morales siempre ha defendido. Le llovieron las críticas desde las asociaciones vecinales de la zona rural, que pidieron una y otra vez su dimisión. Entonces, aseguraba que aquello eran «normal», que iba «en el cargo», y decía que en las manifestaciones había «gente de buena voluntad, pero engañada». Hoy, asegura que aquellos no eran vecinos, «sino propietarios de solares que querían edificar».
«Ay, no me acuerdo», alega cuando no quiere dar más explicaciones quien se acuerda de todo. Quien tiene en la cabeza las 600 comisiones de urbanismo que ha presidido. Quien ha dado licencias para construir unas 2.000 viviendas al año. Quien ha dado el visto bueno a cientos de millones de euros en inversiones. Quien asegura que, en este tiempo, lo único que cambió en él fue la cantidad de pelo y el color. Porque la báscula no se mueve. «No he engordado ni un gramo», ríe.