Fran Cervero es un profesional de la cooperación. Ovetense de 30 años, primero se licenció en Económicas, después hizo un máster en cooperación y más tarde un postgrado en gestión de oenegés. Pero antes y después de ser profesional fue y sigue siendo un voluntario convencido. De hecho, esa vocación por trabajar en este tipo de organizaciones le llegó a través de sus colaboraciones previas con ellas. Hoy gestiona el millón de euros que Cáritas Diocesana de Asturias destina a cooperación internacional, de la que es responsable, pero mucho antes, cuando tenía 21 años, aprendió lo que es la auténtica economía de andar por casa y la austeridad con mayúsculas de la mano de los jesuitas de Honduras con los que trabajó en Tocoa, en pleno Caribe. «En la casa siempre había la misma comida, daba igual cuántas personas fueran a comer», recuerda como una auténtica lección de cómo gestionar recursos. Allí, durante tres meses, trabajó en una cooperativa de comercialización y decidió que este tipo de experiencias siempre merecen la pena.
Ha vivido muchas más después. Como responsable en Cáritas de cooperación internacional viaja al menos un par de veces al año a alguno de los países en los que trabaja la oenegé católica. Que son muchos. Desde Mozambique a Tanzania, pasando por la República Democrática del Congo, sin olvidar Benin y Liberia. Tampoco se olvidan de Palestina ni de Centro América, uno de los destinos prioritarios de la ayuda de Cáritas, que llega a través de programas variopintos: de salud, de educación, de defensa de los derechos humanos...Y con un ánimo claro que el propio Fran Corvera se afana en explicar. Porque pretenden romper con esa viaje imagen asistencial y caritativa que no se corresponde ya con la cooperación que se hace hoy en día, en la que se da importancia al trabajo que desarrollan las distintas comunidades a las que se trata de ayudar. No se pretende dar dinero sin más, sino de buscar fórmulas que permitan el desarrollo de los países beneficiarios.
En el caso de Fran Cervera profesión y pasión se dan la mano. Por eso, el pasado año dejó de lado su trabajo en Cáritas y se pidió una excedencia para trabajar como voluntario en un proyecto de Médicos del Mundo en Kenia para la prevención del VIH. Allí le entró ese mal que asola a todo el que pisa el continente negro, el enamoramiento hacia un mundo de pobreza y desgracias, sí, pero lleno de paisajes cautivadores, de buena gente... Con el mal de África inoculado en vena («una vez que vas ya no te desenganchas, acabas volviendo»), Fran Cervera volvió hace un mes a Oviedo para incorporarse a Cáritas después de descubrir que el tiempo corre en los relojes africanos a las órdenes del hombre y no a la inversa, pero descubrió que, pese a todo, conviene ser optimista.
Lo hizo trabajando en un proyecto que se desarrolla en Nairobi y Cica y del que habla con auténtico entusiasmo. Tenía varias líneas de trabajo y la prevención del sida como protagonista. En un país en el que una prostituta cobra veinte céntimos por una relación sexual y cuarenta si es sin preservativo, la epidemia del siglo XXI campa a sus anchas. Eso sí, se encuentra cada vez con más obstáculos. Sin ir más lejos, Médicos el Mundo trabaja en la prevención de la transmisión de madre a hijo, en el tratamiento de enfermedades oportunistas, como la tuberculosis, la prevención de infecciones de transmisión sexual, la sensibilización sobre la prevención.
En esa tarea trabajaba Fran con un equipo formado por diez personas entre médicos, enfermeros, trabajadores sociales y también ex prostitutas. Eran ellas que se encargaban de patear los bares de un país donde el turismo sexual, tanto internacional como nacional, es moneda común para concienciar a las trabajadoras del sexo de la necesidad de prevenir el contagio mediante el uso del condón.
Fran sigue trabajando en cooperacion, ahora con el mal de África en el cuerpo. Y con optimismo.