Se pregunta Amelia Valcárcel en el programa producido por EL COMERCIO Televisión para la TPA, 'Perfiles', si ofrece a los demás una imagen de «mujer fría y fuerte». No lo hace a iniciativa propia, sino por instancia del entrevistador. A partir de ahí, entra en juego todo un alambique reflexivo que sin duda está en las coordenadas de la mejor filosofía. «No me veo así», contesta a ese interrogante. Para añadir de inmediato que «yo no me puedo juzgar». Y es que «en los espejos vemos nuestras imágenes al revés». De modo que «no somos quienes mejor nos conocemos». Al final, concede parte de razón a Berkeley cuando afirmó que «ser es ser percibido».
Catedrática de Filosofía Moral, miembro del Consejo de Estado, vicepresidenta del Patronato del Museo del Prado, lectora atenta de Hegel y Cervantes, autora de libros como 'Del miedo a la igualdad' y 'Ética para un mundo global', dice que sus primeras aproximaciones filosóficas lo fueron a través de San Agustín y Ortega y Gasset, de quien le fascinó que escribiera «libros sin personajes».
Era su tiempo adolescente, que poco después se convertiría en rebelde, cuando en un internado libró batalla en favor de los derechos humanos. Es literal, pues el expediente que se le hizo instrumentó el hecho de que tapizara las paredes de su habitación con la Declaración de los Derechos Humanos.
Concluyó los estudios universitarios en Valencia, dedicando la tesis doctoral a Hegel en Madrid, ante un tribunal presidido por José Luis Aranguren.
De Hegel recoge la idea de que la filosofía es «el tiempo captado por el pensamiento». O dicho de otro modo, «el propio tiempo viéndose a sí mismo a través de la especulación».
Y por su parte piensa que «la gente sabe más de filosofía de lo que cree». No en vano «para tener libertad de creencias hay que incorporar un poco de filosofía». Es decir, que difícilmente podría estructurarse una sociedad democrática sin el auxilio de una cierta reflexión metódica.
Gustavo Bueno
Conocida su confrontación con Gustavo Bueno, no elude pronunciarse acerca de la misma. Recuerda que las clases a las que asistió impartidas por el autor de los 'Ensayos materialistas', «eran confusas, aunque siempre transmitía algo».
Su desvinculación llegaría motivada por cuestiones de cariz personal, «me acusaba de enviarle anónimos», al tiempo que iba perdiendo interés por «tesis tales como la de que los dioses son animales». Referencia, claro está, a 'El animal divino'. Mayor atención ha prestado Amelia a Simone de Beauvoir y el existencialismo.
Respecto de su paso por la Consejería de Cultura del Principado de Asturias, manifiesta que fue «una época muy sugestiva en la que aprendí gestión pública», lo que es tanto como «pasar de la política teórica a la práctica».
También tuvo la oportunidad de conocer Asturias a fondo, que «aunque parece pequeña, no lo es. Lo que pasa es que está arrugada, pero si se la plancha da mucho de sí».
El regate político
Trescientos mil kilómetros recorrió por los pueblos asturianos en su coche oficial. Lo que lamenta de la política es «el regate en corto, que impide planificaciones ambiciosas a largo plazo».
Ya en el epílogo, una hermosa reflexión acerca de Pascal y su definición del hombre a modo de «un destello de conciencia».